lunes, 22 de enero de 2018

al pan pan y al pan pan

Muchas cosas querría haber hecho en este blog en 2017, y en muchos otros sitios.
Aquí dejo unos comentarios sobre tres señores discos que salieron este años. Tenía comentarios para montañas más de ellos; a ver si me da tiempo antes de que se termine este doceavo mes. ¿Y para qué? Quién sabe; por eso de haber conseguido hacer al menos algo.

Ofermod -Sol Nox
Van pasando los años y todo el mundo está a la espera, temporada tras temporada, de que se agote la teta del black metal; sin embargo, este estilo comenzó a retomar posiciones a principios del milenio para reuperarse de su propio boom, y, por lo que parece, será mejor no adelantar una crisis del sistema, en vista de los discazos que se han ido sacando desde entonces, y diría que en particular en esta nueva década a la que ya no le queda tanto. Ofermod, que ya habían hecho un trabajo redondo y sorprendente con Thaumiel en el 2012, vuelven a demostrarlo este año con Sol Nox.
Podemos decir que, una vez codificados, ya desde hace años, las pautas y estándares de un black metal arquetípico, como ya pasó con el death metal o mucho antes con el rock'n'roll, tenemos a quienes lo toman como excusa para repetirse y repetir hasta la saciedad lo que ya estaba hecho por otros y no hacía falta volver a hacer, y a quienes sin salirse necesariamente de esas pautas y estándares, tratan de traer ese sonido al momento presente e incluso llevarlo un poco más allá, dando pinceladas sutiles pero poderosas aquí y allá de a qué se podría parecer el futuro; en este caso acompañándose de una producción pulcra pero no plana e inorgánica, con todo perfectamente integrado y un sonido perfecto de batería, que ni tapa ni es tapada ni parece sonar por otro lado.
Atención a los coros progresivamente desquiciados de Smaiut N Set, los cánticos alienantes de Sun Of Dead Seasons o los riffs maléficos de The Alpha Of The Antichrist o To Dare The Tower, entreverados en una masa informe de maldad satánica con un broche de oro en la forma de un cierre sinfónico que nos hace mirar a nuestras espaldas, para asegurarnos de que la niña loca del exorcista no está ahí, a punto de saltarnos a la yugular.
Quien ame el black metal con todas las letras bien puestas y sin ninguna más, poco amigo de teclados pero tendente a una concepción lúgubre de lo atmosférico y centrado en la mezcla de tenebrosa oscuridad y furiosa rabia que nos legaron the [true] true Mayhem, tal y como se viene practicando con acierto en los últimos años por una serie nada despreciable de bandas, sin que lo ortodoxo sea coartada para subproductos infumables y equivocadamente maqueteristas y trabajos de escasa o nula creatividad, encontrará en Sol Nox un asidero seguro, un remanso de paz satánica y satisfacción anticristiana perfecto para pinchar, por ejemplo, en el día de los Santos Inocentes.

Svartsyn-In Death
Tétrico, sucio y brutal. Con estos tres adjetivos nos podemos hacer una imagen limitada pero precisa de lo que nos encontraremos en In Death. Recuerdo que la primera vez que oí hablar de esta banda fue en el pequeño espacio de críticas de metal extremo de la Kerrang!, la mejor sección de una revista pacona como ella sola, que no lo parecía tanto gracias a la esforzada competencia de la Heavy Rock. De aquella acababan de sacar un álbum llamado The True Legend, que, por lo que se ve, regrabaron hace unos años, vaya usté a saber por qué (dudo mucho que con la avidez dolarística de unos Dimmu Borgir regrabando el Stormblast). La verdad es que aquella crítica no llevaba a interesarse por ellos y eso fue lo que hice, no interesarme, hasta este 2017, en que acabé escuchando In Death por puritita casualidad, y menos mal, porque destaca y mucho por encima de la media. Sumérjanse con la bendición de Satanás en la furia imparable y demoledora lobreguez de Seven Headed Snake; en la aridez del medio tiempo de Dark Prophet, sobre cuya base firme y repetitiva se intercalan extraños puentes de percusión, aparentemente sin orden ni concierto, dejándonos confusos durante los segundos en que hacen presencia, mientras el tema va creciendo y transformándose en un extraño trayecto hacia la locura; en la pegada de With Death; en la estructura aparentemente simple pero sofisticada y la extraña combinación de ritmos y riffs e intervención de la voz (que es en realidad el gran secreto de este álbum en general) de Inside the White Mask; la agresividad apenas latente y luego explosiva de Black Thrones of Death, que nos conduce irremisiblemente hacia el caos para redirigirrnos hacia el último tramo y dejar que tomemos el mínimo aliento antes de sumergirnos en la sentencia final de Exile in Death. Sin producción de culísimo (aunque no limpia precisamente, pero sí al servicio de un interés creador y no de la pose fácil), sin banderas de malotes, sin leyendas europeas, sin fotos de andobas pintados y haciendo el canelo en la huerta de su madre y fotocopiadas también de culísimo. Si puedes superar todas esas graves carencias, saldrás ganando, porque quiere decir que no eres idiota, que tienes muy buen gusto, y podrás disfrutar de esta joya.

Dødsengel-Interequinox


Hay que ser muy crac para darle la vuelta al black metal cada vez que lo tocas y que siga siendo black metal. Dødsengel se toman su tiempo para ir facturando discos de los que hacen HISTORIA, así en letras mayúsculas. Si no, el tiempo hablará.

sábado, 13 de enero de 2018

qué noche la de aquel odio

Finalmente me rindo con el desquite que llevaba materializando en las últimas semanas y me resigno a hacer un resumen con todas las notas que tenía apuntadas aquí y allá:

Por ir agrupando, podemos por ejemplo hacer un apartado con las ediciones de la española Xtreem, que destacó con el primero de Totengott (los Celtic Frost más clásicos pasados por el filtro del presente con toda la solvencia que pueda reclamar el troglodita más exigente —UGH!—); el recopilatorio de Neuntoter (totalmente olvidados = muy buen rescate); The Mortal Horizon de Desecresy, banda que, añadiendo lo hecho anteriormente bajo el nombre de Slugathor (porque uno viene a ser una continuación del otro), desde un perfil bajo y haciendo menos ruido que otras sigue creando una discografía sólida como ella sola: unos clásicos presentes; también es de destacar, aunque a otro nivel, Roten Till Allt Ont, de los suecos Dråp, que hacen gala de un grindcore con una producción bastante moderneta y ramalazos muy «visibles» de crust-punk, una forma de hacer música extrema que parece contar con un público bastante amplio hoy por hoy, a pesar de haber pasado por momentos bajos en décadas pasadas. El de Dråp no es el álbum del año pero tiene pegada.

Los chilenos Degotten se marcaron un Hexentrost repleto de black trhash con melodías guitarrísticas que ya les gustaría a los más fieles lacayos de Satán. Parece ser que se trata de un estilo que goza de muy buena forma en ese país, y ahí están también Perversor o Ripper (menos conocidos y merecedores de toda la atención) para constatarlo. Tenía preparada una publicación sobre esto para el blog, pero se queda así, por ahora. De Chile y en otros derroteros (black metal primitivo y caótico a lo Bestial Warlust o Blasphemy) también hay que destacar a Hades Archer con Temple of the Impure. Ojo con Chile.

Hablando de grindcore, nadie debería perderse la recopilación de Meth Leppard o el EP Exhumation of Cadavers for Research and Consumption (pues que aproveche, hombre) de los californianos Posthumous Regurgitation; Dios Carne de Looking for an Answer; el EP Your End de Deathcamp, con un personalísmo sonido, o la demo autoproducida de FilthxCollins, aunque sea solo por la gracia. Tampoco es que haya escuchado la de Dios de movidas en este estilo este año.

 El 2017 ha tenido una cosecha de death metal excelente, que diría el señor Burns, en gran parte gracias a la labor editora de Dark Descent Records. Si el otro día, comentando el trabajo de Incantation hablábamos de cómo el sonido que ellos originaron se ha extendido en los últimos años, hasta un punto en que incluso se ha hecho predecible y ha perdido cierta gracia. Sin embargo, gran parte de los discos destacables que han salido este año suponen una captura del mismo y también una reactualización. Death metal oscuro, pútrido y brutal, en una serie de trabajos con los que uno tiene la sensación de estar escuchando lo bueno de siempre, y al mismo tiempo algo nuevo, probablemente gracias a que tiene eso de lo que a veces tantas veces se carece y que resulta tan difícil de definir como: «alma», más que a cuestiones de novedad estilística. Ya lo hicieron Blood Incantation (también en Dark Descent) el año pasado con el legado de Morbid Angel. Podemos mencionar el Remnants of Expansion de Krypts, el Dysangelium de Ensnared, el fantástico Desolate Enscape de Phrenelith (estos en Extremely Rotten Productions), Engulfed in Obscurity de los turcos Engulfed (Hellthrasher Porductions) o Eroded Corridors of Unbeing de Spectral Voice, quizá el más experimental de todos ellos y que está recibiendo las mayores alabanzas aquí y allá. Recuérdese que todo este resumen es por la rabia de no dejar todas las notitas que tenía sin usar, pero cada uno de estos trabajos pesa por sí mismo y a nivel individual tienen más carácter que Stoichkov. Todos para saborear tomándose su tiempo, mientras nos pudrimos y los gusanos se van comiendo nuestros desechos para abandonar por fin este mundo de mierda.

 A la buenísima cosecha de death metal del 2017 y también en Dark Descent Records, podemos añadir el Misantropologi de Undergang, en este caso con un sonido rítmico e infecto, de cierta querencia punkarra, que recuerda a unos Autopsy o unos Pungent Stench, por mucho que por ahí se empeñen en compararlos también a Incantation & Company. Por fortuna, la portada y el rótulo con el nombre de la banda nos dan pistas muy poco engañosas sobre lo que nos vamos a encontrar; eso sí, tienen sus ciertos reveses y matices. En cualquier caso, directo, agradecido y fácil de escuchar (cuando te quieres enterar, se ha acabado toda la casquería y la diversión). Otro disco sobresaliente para el 2017.
A la saca de death metal cerdo, simple y potente, podemos añadir el autotitulado debut de Pig's Blood; molón, putrefacto y gososo.
Por cierto, no se puede hablar de death metal de la escuela Incantation en 2017 sin hacer mención a The Graveless Remains, el EP de los gloriosos Disma. La voz de Craig Pillard sigue dando mucho, mucho miedo, y Disma una banda de primerísimo orden en el death metal. Sin embargo, por alguna razón, parece que la mayoría de la gente otros grupos mejores que escuchar, y es que ya lo decían los Cramps: People Ain’t no Good.

 Con voces femeninas, el doom death metal de Nostrum, de Vancouver, en Infernal Tomb (en este caso se hace difícil hablar de «disco», aunque sea metafóricamente, ya que está editado en cinta o en formato digital y andando). En el primer tema recurren a la voz limpia, pero nada de las dulces armonías a las que muchas veces parecen abocadas las féminas en esto del metal, sino más bien una tendencia mortecina, monótona y espectral, que unida al estilo sucio, arrastrado y machacón y de temas prolongados de la banda, nos hacen pensar irremisiblemente en los míticos Thor's Hammer. Aunque a mí me hubiera gustado que recurriesen más a este estilo vocal, en el resto del álbum priman las voces guturales. Pero es un apunte personal y lo cierto es que se trata de un trabajo muy agradecido, lento y pesado pero con pegada. También con frontman del sexo_débil_sí_ya_ya Succumb (S/T) de San Francisco, con una combinación de black, death y sludge bien emulsionada, es decir, nada de una parte death por aquí y ahora de repente una parte black y luego un poco de sludge, sino todo bien mezcladito y con un sonido coherente y compacto. A mí me hacen pensar en Dragged into Sunlight, aunque no se trata de una copia ni de un cromo repetido. Tienen un sonido especialmente sucio y fantasmal, resultado en el que las voces tienen un gran peso. Son la banda sonora de la pura nada y molan mucho mucho.

 Con sonido cerdo e incluso algo maquetero también tenemos el death/black metal agresivo y caótico (más por el sonido que por las estructuras) de Your End y su  Le Sombre Triomphe (ojo, que son dos guajetes de Michigan). En un rollo de death/black caótico y con un sonido porquil también cabe mencionar Engraved upon Bleached Bone de Convulsing, aunque con muchos más matices y cambios. De hecho, se trata de una cancionaca de nada menos que 21 minutos más o menos, del split con Siberian Hell Sounds (ya ves tú qué nombres), que supuestamente tienen una tendencia más bien black-crust (y grindcore y tal, aunque yo grindcore veo poco en este trabajo en concreto) y se calcan otro temarraco de 20 minutos más o menos.

 Banished from Time de Black Cilice, cerdo y desquiciado como él solo; Bunker Ritual Rehearsal de Funeral Harvest, y, en menor medida, Czarne Otchłanie i Martwe Cienie de Zmora son tres buenos discos de ese black metal de producción maquetera y portadas en blanco y negro, de actitud congelada en los noventa (y más en concreto en los clásicos de Darkthrone) y que, para bien o para mal, siempre va a estar ahí, a veces para que nos sonrojemos, a veces, como es el caso, para que pasemos un buen rato (ojo sobre todo al de Black Cilice, guarrería infernal de primer orden).
No exactamente en esa onda pero casi, aunque más con los pies en el presente que en el pasado, tenemos el Malediction de Vassafor; un trabajo potente y guarrote de black metal, muy en la onda del rollo ortodoxo oscurote tal y como se está haciendo de un tiempo a esta parte, pero con una tendencia algo cerda y caótica que les da un toque personal. Hay que darle una oída.

 Dos trabajos que esconden mucho más de lo que parece son el Arrayed Claws de Lorn (y eso que, por alguna razón, no suele haber bandas italianas entre mis predilecciones) y Paralys de Wulkanaz. Ambos con una etiqueta de black metal que los define perfectamente y a la vez se les queda escasa, a cada uno a su manera, ofrecen sendos puñados de canciones marcadas por un estilo personalísimo, que no se traduce en complicaciones instrumentales ni en enrevesamientos o mezcolanzas innecesarias. Wulkanaz en una onda más psicodélica (no hay más que ver la portada), Lorn más en la onda del rollo asonante tan en vogue en la última década, pero sin sonar a los otros trescientos mil grupos que hay por ahí sueltos. En ambos casos, creo que los músicos se toman la molestia de hacer algo que atrapa al oyente, no conformándose con dejar que sea el oyente el que se tome la molestia de buscar que el disco lo atrape bajo el pretexto de que hay que hacerse al gusto porque es experimental. Oigan el temazo «Abstract Trap» y verán de qué hablo. Esto hay que escucharlo, camaradas. Por cierto, que Wulkanaz sacaron también un EP titulado Boldwughe en 2017, que no tengo muy escuchado pero que también parece interesante y distinto, aunque de un modo diferente a Paralys. Este tiene pinta de ser el típico tío que, si puede, saca todo lo que va grabando.
Un grupo que también me gustó mucho este año y parece que se está llevando bastantes flores han sido Powertrip con Nightmare Logic, en el que hacen gala de un sonido crossover con una producción muy pero que muy metalera, sin renunciar por ello a las raíces hardcore (afortunadamente, no hay doble bombo en este álbum, y esperemos que siga siendo así en el futuro). Precisamente, los descubrí en los comentarios del video de Youtube de un álbum de los Cro-mags, porque alguien pedía que le recomendaran bandas similares actuales. No es que sean superparecidos, ya que son mucho más metálicos, pero sin duda son la evolución del sonido Cro-mags (y otros) en el 2017. No es su primer trabajo.
Hay que decir algo del nuevo de Iron Monkey, sin sorpresas a destacar pero con canciones para gosar, es decir, lo que se esperaba después de tantos años: el rock’n’roll putrefacto e infectado de mierda y marihuana con el que saben hacernos mover el cucu. Y hablando de rock’n’roll infecto, también se marcaron un gran Evil Sound Screamers los Acid Witch. Esta banda debería gosar de más reconocimiento, porque son muy cracs y porque saben hacer canciones guays y ser entretenidos al tiempo que dan vida a un estilo personal como él solo, sin imitaciones baratas ni clichés mal utilizados. Quizá no son un grupo hecho para un público en concreto y ese sea el fallo. Ojalá que se jodan los públicos concretos y que Acid Witch puedan forrarse algún día gracias a su death-jebi'n'roll blasfemo lo-que-sea, opioatmosférico y gamberro. Y, hablando de rock'n'roll satánico y blasfemo, Midnight saldaron el 2017 con la compilación Shox of Violence, en la que se incluye el EP del mismo título y un puñado de versiones, todo muy molón, y con un álbum hecho y derecho, Sweet Death and Ecstasy. Midnight no han inventado la pólvora, pero merecen (o más bien merece, así en singular) un puesto de honor en las filas de satán. Si Venom hubieran sido capaces de traer su sonido al siglo XXI, serían Midnight. Ni un segundo de aburrimiento; garantizado. En el rollo black trash jebi whatever, también tenemos a Malokarpatan, con Nordkarpatnland, que debe de querer decir algo así como los Cárpatos del Norte, ¿no? Primero me pasó un poco sin pena ni gloria, pero volví a escucharlos y valió la pena (esa época en la que el acceso a la música era muuuucho más limitado tenía sus ventajas, con la cinta que tenías te jodías y la escuchabas hasta que le sacabas algo). Hay algún punteo de guitarra de esos que se queda uno pensando si será un homenaje a Iron Maiden o directamente un plagio. Molan mucho y no hay que dejar que la ridícula portada nos eche atrás.

Con querencias thrash pero definitivamente black metal (sonido en plan primera ola) oscuro y agresivo y una portada más old school que los Phoskitos, así es el Storm of Witchcraft de Malleus, que son muy punkies y editan en cassete, o cinta, como se decía. De la rapidez y los punteos desquiciados de Wind of wrath/Ire a la siniestra pesadez de Demonology I, Malleus no han inventado la pólvora, pero se han marcado un trabajo que ya quisieran tantos paladines de la vanguardia.

 Los míticos Fleurety sacaron su esperado retorno, The White Death. Lo cierto es que cuando oí el adelanto «The Lament of the Optimist» me quedé algo decepcionado. Supongo que la discográfica se fue a [lo que algún lumbreras pensó que era] lo fácil; el caso es que esa canción no muestra todo lo que hay en este trabajo, que es mucho. Partiendo de una crudeza lofi que nos remite a un Race of Cain de Forgotten Woods o incluso a un Goatlord de Darkthrone (también por la querencia experimental sin grandilocuencias e incluso algo kitsch), Fleurety nos sumergen en su mundo raro, en cimentación desde casi el primer momento en que tocaron el black metal, con su demo Black Snow y sobre todo con el EP subsiguiente, A Darker Side of Evil, de 1994, una época en que, como en toda buena obra en construcción, todo parecía novedoso de manera natural. Cuando se escucha el disco completo, las canciones de adelanto adquieren pleno sentido en el todo;  muy al contrario de lo que las discos suelen pretender con los adelantos, a saber, que sean un cebo para un resto de obra no tan cautivador. Muchos dirán, y ya se está diciendo, que se trata de un disco tosco y aburrido, y entretanto se seguirán tragando lo nuevo de Satyricon (que hay que decir que da la impresión de que han mejorado con respecto a una larga lista de trabajos anteriores en los que se han estado dedicando a aburrir hasta a las ovejas), Sarke (con un trabajo que tampoco está mal, y que hasta es recomendable para quien se decante por sonidos más jebis y menos extremos, pero que acaba resultando monótono) o Witchery (a la basura con esta puta mierda).

Por cierto, otros noruegos que se han marcado un trabajo de estos que primero te dejan un poco sin saber qué decir (al menos a mí) son Urarv con Aurum. La primera vez que lo escuché aguanté poco y me pareció que no me decía nada de nada, pero le he ido pillando el tranquillo y me va enganchando. Hay algo de Emperor, algo de los últimos Darkthrone (ya, ya, ¿pero qué últimos Darkhrone?), algo de rollo vikingo (pienso en Bolzer) y más cosas, todas pasadas por un tamiz de sarcasmo que al mismo tiempo se toma en serio a sí mismo que creo que es el secreto de este trabajo y en general de todo lo que roza el nombre de Dodheimsgard (de hecho, estoy convencido de que Vicotnik estuvo en Naer Mataron —que, por cierto, también sacaron álbum en 2017— para reírse de ellos) y lo que quizá no había pillado al principio. De todas formas, aún no me decido; el veredicto final puede llegar a ser negativo, pero vale la pena escucharlo y hacerse una idea propia, aunque sea solo porque el disco tiene nombre de cerveza.

 El split de Werderanger y Urfaust vino pequeño pero matón. Muchos de los seguidores de Urfaust no llevan muy bien sus últimos trabajos, así que debe de ser que no habían entendido (y mira que estaba claro) que de Urfaust es mejor no esperar absolutamente nada e ir digiriendo lo que nos vayan soltando. Lo que sería imperdonable (obviamente) es un cambio orientado al dólar, pero de momento, de eso, nada de nada. No conocía a Werderanger y me han gustado. El split casi funciona como un solo trabajo con dos partes diferenciadas, algo así como el Low de David Bowie.

 Y junto a Urfaust diría que van muy bien (DOLCH) con An den Mond, un ¿EP?, ¿single?, que en fin, constituye una suerte de psicodelia medieval pasada por el filtro el dark folk y ruido guitarrístico de fondo. Mola bastante, son de Alemania, y no había oído hablar de ellos en mi vida.

 Y también en cosas raras, aunque no tanto, podemos meter el Mirror Reaper de Bell Witch, que ya apuntaban muy buenas formas con el Longing, con el que yo los conocí, pero que aquí se superan. Dicen que si sludge que si funeral doom que si tal que si cual; a mí lo de Bell Witch me parece muy difícil de definir; hora y media dividida en dos, atención, dos temas de progresión en intensidad ritualística para escuchar del tirón, con alguna voz gutural y alguna voz limpia aquí y allá.

 Quienes se mantienen en muy buena forma, contra todo pronóstico, son Blut Aus Nord. Y escribo «contra todo pronóstico» porque después de años y años de demostrar puntualmente la buena forma de su creatividad, uno espera que en algún momento den el tropezón y la creatividad (o el buen uso de la misma) se acabe; así de retorcidillos somos. Deus Salutis Meae explora unas sonoridades lofi y minimalistas (ojo, siempre hablando de Blut Aus Nord, es decir, lofi y minimalistas a su manera) que ya habían tocado en Codex, pero que aquí despliegan en forma de largo y con un mayor despliegue de matices y detalles. Hay un poco de la asonancia marca de la casa, un poco del pluscuamperfecto MoRT y un mucho de la visión rica, compleja, enredada y poco ortodoxa que Blut Aus Nord tienen del black metal. Crearon un estilo que hoy por hoy tiene imitadores como setas, ninguno de los cuales los ha superado y de los que muy pocos les llegan al nivel. Eso sí, como todo en esta vida, tiene sus detractores. Que los follen.

 En un rollo entre lo asonante y el desquicie instrumental y ubicados en un extraño limbo entre el death y el black (aunque se los etiqueta más bien como death metal), por cierto, se han marcado Ulcerate un Shrines of Paralysis con Relapse que quita el hipo. Oscuro, agresivo y retorcido como una granizada en un día de picnic. No gustará a quienes solo disfruten de las auténticas y genuinas imitaciones eslavas subproducidas de Darkthrone; el resto de seres humanos se encontrarán con una joyita buena, y es que Relapse, a pesar de todo, nos sigue dando muy buenas sorpresas.
Este año también nos trajo desgracias, entre otras, a los Cyhra del señor Jesper Stormblad, que en fin…

 Una curiosidad a mencionar es el de Sinnerangel, pero no sé si será que es porque al final, lo de entender las letras (se les ocurrió cantar en castellano y que encima se distinga lo que dicen) no será un jándicap en esto de las extremidades sonoras (por decir, porque extremos extremos no es que sean). 

 Premio también a Eximperituserqethhzebibšiptugakkathšulweliarzaxułum, por tener el nombre más absurdo de la historia, además del más difícil de leer (mirad el logo y decid si no), y mira que era difícil. Hay que decir que ya tienen años a sus espaldas, pero yo los descubrí con el EP que sacaron en 2017.

 Un grupo que me habría gustado comentar en más profundidad y que aún puede entrar en este compendio de lo extremo, por primohermanamiento, son Rope Sect, con su especie de metal gótico, rock'n'death o como se quiera llamar, un estilo que hacía tantos años como pasaron desde mi adolescencia que no me daba algo que me atrapase. Sacaron su primer álbum este 2017, y aunque no es un trabajo redondo, tiene bastantes temazos y se escucha de un tirón bastante bien.

 Hasta aquí (que ya es bastante) dan las notas que había ido apuntando a lo largo de 2017, con la intención de ir escribiendo comentarios y críticas individuales o en grupos más pequeños sobre todos estos trabajos/bandas. Cuando decidí ponerlo todo junto para que no fuese trabajo (o afición) perdido(a) —y esta era la única intención para haber escrito toda esta parrafada, no ofrecer otra lista con lo mejor de 2017 ni un resumen del año, aunque lo acabe siendo—, también era mi objetivo tenerlo listo antes de que terminase el año, pero no acababa de darlo hecho, por eso algunos tramos pueden parecer escritos como si 2017 aún no hubiese acabado y, de hecho, aún estuviésemos en él, pero no, 2017 ha muerto y ahora solo queda dedicarle un buen temita death.

martes, 19 de diciembre de 2017

life death

este año hubo varios regresos musicales de ¿viejas? glorias que llevaban tiempo dando tumbos y que sin embargo han ofrecido material muy solvente. en particular, Incantation, Sinister y Dying Fetus nos han dado alegrías que ya no esperábamos, por lo menos quienes queremos música y no nombres.

Incantation han regresado con Profane Nexus y creo que a muchos les han dejado el mismo buen sabor de boca que a mí. Parece que fue ayer cuando sacaron Infernal Conquest, momento cumbre del grupo y curiosamente el inicio de la cuesta abajo. The Infernal Storm mantenía el tipo (yo aún lo incluiría en la lista de discos obligatorios de Incantation, incluso) pero, sobre todo a partir del siguiente, Blasphemy, dejaron de convencer. No les pasó nada distinto de lo que les pasa a tantas bandas: lo que había sido un sonido característico y personal como pocos se acabó convirtiendo en una fórmula repetitiva. Con cada disco, daba la impresión de que los miembros de la banda sabían exactamente qué era lo que había funcionado y trataban de recuperar la magia tratando de repetir los mismos pasos, a ver si funcionaba, como quien retoma el camino por el que fue dejando los garbanzos o sigue las baldosas amarillas sin salirse ni un paso. Siempre se hablará de si falta tal o cual miembro, que si la formación mítica no sé cuál, pero lo cierto es que la falta de inspiración y el dejarse devorar por la espiral de lo que una vez fue la propia creatividad no hay ser que lo cure. Lo cierto es que todos eran buenos discos, efectivos, que cumplían, vaya. Habría que ser muy zopenco para no darles el aprobado, pero a una banda de 10 se le pide como mínimo un 7, no un 6 o hasta un 5 raspado, y mucho más en esta época de saturación y vaivén de grupos. Lo cierto es que mientras ellos iban cuesta abajo, les salían imitadores por todas partes (este milenio en particular ha sido muy profuso en grupos de death metal guarro, complejo y oscuronón; el legado del Infernal Conquest, podemos suponer, que salió en 1998, pero quién sabe… También es verdad que durante los 90 el Death Metal estaba en formación y los subestilos estaban por crearse y codificarse). Pues bueno, el caso es que, para muchos, ya volvían a apuntar maneras con sus dos anteriores, Vanquish in Vengeance y Dirges of Elysium, y probablemente con Profane Nexus van un poco más allá y cumplen lo que venían prometiendo desde hace unos años: un disco de death metal sucio, pesado, oscuro y jodido como el infierno o como la peor de las cloacas de este planeta. Parece que estaban calentando motores y la maquinaria vuelve a ir a pleno rendimiento. No se trata de que se hayan calcado otro Infernal Conquest, sino de que este es un álbum de Incantation como hacía años que no se esperaba, muy por encima de las expectativas, y que cumple con el estatus de leyenda de la banda. Si bien cuando lanzaron la canción de adelanto, Muse, la sensación era más bien de que se trataba otra vez de lo mismo, por no decir que no me gustan nada los videoclips que lanzan las ¿viejas? glorias últimamente (desde hace años), todos posando con cara de malotes y tocando en directo, en plan jebis pacones con más pinta de Rosendo que de Dave Vincent en los buenos tiempos, pero una vez superado el susto y metido de lleno en el álbum, se vencen los prejuicios y hasta se descubre que Muse es un tema bastante potente.
Como si nos estuvieran destripando bajo un sol de justicia y poniendo nuestras tripas a secar ante nuestros ojos mientras devoran nuestra carne. Así son Incantation cuando están en forma y así, se desprende, es Profane Nexus.
Atención a temazos locos como «Visceral Hexaedron», «Incorporeal Despair», «Omens to the Altar of Onyx» o el monumental «Ancient Arise», que se alternan con la brutalidad segura y asesina de «Xipe Totec» o «Lus Sepulcri». Aunque hay que decir que, como todo lo bueno de Incantation, constituye un trabajo compacto que es mejor escuchar como unidad, y la brutalidad y oscuridad son elementos de presencia constante, en dialéctica tenaz independientemente del tema: la cuestión es si la pesadilla acabará antes cuando reventemos de miedo o de dolor.

Otros que han vuelto este año son Sinister, una banda de la que siempre pensé que su momento de gloria coincidió con un momento de inspiración casual, porque lo cierto es que todo lo bueno lo dieron entre el 92 y el 95, y desde entonces solo hacían cosas mediocres. Los escindidos Houwitser no tuvieron mejor suerte, y al mundo del death metal solo aportaron un nombre nuevo y mucha pose. El caso es que, quién sabe qué coño ha pasado, pero van y se marcan el Syncretism y resulta que es un disco cojonudo, de esos de enmarcar, de poner sin parar en el reproductor, porque no solo es bruto y despiadado, sino que además es pegadizo y engancha. Una cosa que uno cree aprender con los años es que, cuando el tiempo pasa por una banda y no hace más que sacar futilidad tras futilidad, por mucho que se esfuercen, así se va a quedar la cosa, independientemente de que cuenten con una legión de fanáticos, críticas en las revistas chachis (vía el dinerito de Nuclear Blast), bolos de sobra y me imagino que pasta para vivir de la música: cuando a un grupo de treintañeros se les va la inspiración en la treintena, muy rara vez les vuelve por arte de magia en la cincuentena (y si no, que se lo pregunten a Cannibal Corpse, que llevan años haciéndose ricos por dar la turra). Pero parece que Sinister fueran un día paseando por un parque holandés cualquiera, resbalasen con el gélido hielo invernal y se diesen tal hostia en la cabeza que se acordasen de cómo hacer buena música. Syncretism no es solo un gran regreso, es que está a la altura de la mejor obra de Sinister; que un disco de death metal noventero suene fresco y enganche como lo hace este, hoy por hoy, cuando tantas bandas «de siempre» se dedican a repetir las mismas estructuras y ritmos una y otra vez (y ese, amigos, como siempre, como en tantos estilos, es el problema), cuando los niveles de brutalidad, complejidad e innovación en este estilo han llegado tan lejos que es difícil llamar la atención con las sonoridades clásicas, y más cuando continuamente aparecen nuevas propuestas que las revisan, renovándolas y trayéndolas directamente al presente y quitando tronos aquí y allá… en fin, que un disco de death metal noventero suene fresco y enganche como lo hace este, con todo ese percal, es un gran mérito. sonido compacto, consistente pero no inorgánico, y una voz cavernosa e intensa (eso sí que siempre estuvo ahí). hay que destacar el uso de teclados, cuya misión no es resucitar a base de sobreproducción canciones que han nacido muertas, como tantas veces pasa, sino reforzar su atmósfera y pegada, y contemporaneizar de algún modo el sonido de la banda. Sinister ya habían hecho alguna cosa con teclados aquí y allá, pero nunca habían hecho de este instrumento un elemento de presencia constante en todo un álbum, y hay que decirlo: les queda bien. huelga decir que The Post-Apocalyptic Servant no era ni mucho menos un mal trabajo, y que en retrospectiva se puede decir que el gran regreso se veía venir, aunque el soso disco de versiones Dark Memorials no había ayudado a reforzar esta sensación, precisamente. The Post-Apocalyptic Servant es un disco que empieza muy alto y luego va perdiendo fuelle, con demasiados altibajos como para pensar en él como un disco redondo. Es verdad que tengo que decir que, de hecho, lo estoy volviendo a escuchar últimamente y me está gustando más de lo que lo hizo en su momento (ay, la desgana). Recomiendo a todxs el mismo ejercicio de revisión. Sea como sea, en Syncretism se achatan las esquinas. Si ya tienes tu lista con lo mejor del 2017 y no habías escuchado Syncretism, vete pensando lo que vas a quitar.

Dying Fetus son nuestros garrulos favoritos y vuelven con Wrong One to Fuck With (ups, perdón por lo de «garrulos»). Después de marcarse una serie de discos memorables, que, junto a los de otros tantos grupos, marcaron de hecho época, elevando el death metal a nuevos niveles de brutalidad e intensidad y empezando a convertirlo en lo que es hoy (a marcar la diferencia, en fin, entre un death metal old school o clásico o como se quiera llamar y un nuevo tipo de death metal más del siglo XXI, durante unos años en que la etiqueta «brutal» parecía quedarse obsoleta con cada nuevo lanzamiento para el lanzamiento anterior: son los años gloriosos de Deed of Flesh o de Cryptopsy, de la demo de Afterbirth o el Thy Hideous Wake de Disgorged o de las demos de Embrionic Death y Entity, ambos pioneros de la ultracafrería): durante el cambio de década e inicio del milenio el asunto se había puesto rebestia, con asuntos como el Disgorging the Dead de Sintury, el Cerebral Cereal de Pyaemia, el She Lay Gutted de Disgorge, lo de Gorgasm o el Instruments of Torture de Brodequin habiendo descompuesto el panorama, por mencionar unos muy pocos ejemplos de un periodo marcado por una espiral ascendente hacia la brutalidad más alienante y trituradora. nuestros cráneos podían aguantar hasta límites insospechados las continuas hinchazones de nuestros inútiles cerebros. Purification Through Violence, Killing on Adrenaline y Destroy the Opposition fueron (y son) sus álbumes míticos; habiendo comenzado con una clara vocación gore, se fueron internando en el terreno de la politización de las letras, criticando las guerra de Irak y a la administración Bush en conjunto, e introduciendo temáticas de mensaje claramente anticapitalista y consumista, en temas como Pissing in the Mainstream u Praise the Lord (Opium for the Masses) o con líneas del tipo: «Fuck these corporations and their fucking record stores» o «Fuck your Spice Girls and your fucking Pearl Jam», en el tema Fuck your mother, Rape your dog (que, todo sea dicho, nadie adivinaría de qué habla si por el título fuera). ¿Y qué pasó? Pues que Jason Netherton, bajista y cantante a pachas con John Gallagher, letrista y parte importante de la composición, se pira y se lo monta con Misery Index, banda menos ambiciosa en el concepto musical que Dying Fetus (me parece a mí, vaya), con el tema político completamente en primera plana y una discografía sólida como ya la quisieran para sí sus antiguos compañeros de grupo. Entretanto, John Gallagher se dedica a ir diciendo en diferentes entrevistas aquí y allá que en realidad el resto de la banda no estaba de acuerdo con los mensajes que Netherton transmitía con sus letras, que se sienten ciudadanos estadounidenses y que el 11-S estuvo muy mal y a los iraquís que los den por el culo (vale, no es eso lo que dijo literalmente, tampoco lo estoy entrecomillando); y la verdad, me parece que hay que ser un garrulo de campeonato, porque una cosa es que no creas que las letras son lo importante y otra cosa es que te pases años siendo lanzadera para un mensaje del que estás en contra. La verdad es que uno se imagina a Gallagher tocando la guitarra y jugando a la Play 24/7, sin pararse a pensar en todo esto hasta que Netherton se marchó, porque si no, no se explica. Bueno sí, cualquier cosa se explica, porque la premisa básica está más que demostrada: Gallagher es un puto garrulo de cuidado. En fin, el caso es que tratan de no alejarse estéticamente de su estética de ciudadanos politizados y cabreados, pero adaptándola a la clase media-alta yanqui de la que forman (y probablemente siempre formaron) parte, lo cual queda bastante ridículo, como esas bandas con letras satánicas que luego resultan profesar la fe cristiana. Pero el problema, el auténtico problema, porque a mí que en Baltimore, Maryland, haya un puto garrulo llamado John Gallagher me la suda, es que comenzaron a sacar discos bastante poco inspirados.
De nuevo, como pasa con las bandas que ya tienen un nombre, eran suficiente para rentabilizar, hacerse una girita, tener críticas más o menos amables en la prensa guay y vivir de la música. Hay que decir que el rollo rítmico de Dying Fetus disimula mejor un álbum anodino que la brutalidad doom de Incantation, como el pan o el azúcar al hambre, aunque personalmente he tenido cosas mejores de las que ocuparme estos años que de los discos repetitivos e insulsos que han estado sacando los otrora grandiosos Dying Fetus. Y mira tú, aunque siguen siendo unos garrulos, como ya han tenido tiempo de demostrar en las entrevistas de promoción, resulta que por alguna razón también han vuelto a encontrar la inspiración cuando nadie lo esperaba, y se han marcado un Wrong One to Fuck With que los devuelve a sus mejores tiempos. La rítmica vuelve a estar ahí para mover nuestro esqueleto zombi y no para rellenar, los tecnicismos enrevesados al servicio de la contundencia y la brutalidad y no del aburrimiento, las letras… las letras están en inglés y es death metal, que nadie se preocupe. Prueben a escuchar los temas de adelanto, Fixated on Devastation y Die with Integrity y verán de qué les hablo. Luego sumérjanse en el resto del álbum. Valdrá la pena.

También tuvimos un regreso afortunado de Morbid Angel, pero fue hace nada y aún no ha habido tiempo de digerirlo (eso sí, está decidido: regreso bueno).

Otra mención especial para Immolation, que siguen de capa caída por mucho que los fanáticos se empeñen en qué van dando lección tras lección. La verdad, nunca entendí por qué la caída de Incantation resultaba tan patente mientras que todo el mundo seguía babeando con Immolation, que van con tres cuartas de lo mismo, repetición cansina de fórmulas y falta de inspiración, pero encima con una media de calidad que en conjunto queda muy por debajo.

También para los Cannibal Corpse, que ya son todo un grupo viejuno (como concepto) por derecho propio (llenan conciertos y no tienen problema en que sus seguidores les compren el mismo disco una y otra vez).

También volvieron Broken Hope, con Mutilated and Assimilated, el segundo trabajo desde 1999. Parece que se lo toman con calma. Este álbum no les sacará de su condición de banda histórica que parece relegada a un segundo plano y de la que nadie se acuerda en las conversaciones ni destaca ninguna obra en particular. Es un caso tan repetido que debería haber una palabra para esto.


En fin, esto es todo. Ya era hora.

martes, 5 de diciembre de 2017

«Hubo una época, hace ya muchos años»…

A veces, una editorial puede tener algo precioso entre las manos y, sin embargo, hacer todo lo posible por destruirlo, obras que están destinadas a encontrar un público si se les da la promoción suficiente o simplemente se las anuncia con su propia voz. Esto no es cuento nuevo en la industria cultural; está visto en música o en cine en incontables ocasiones. Algo así parece pasar con Me llamo Lucy Barton de Elizabeth Strout, porque, ¿acaso alguien a quien le guste la literatura, la literatura con todas las letras, la que contiene este libro, se va a interesar por uno en cuya cubierta se recoge la frase: «Una novela que ilumina nuestras relaciones más tiernas»? La editorial encargada de manipular este artefacto no tiene idea de su mecánica y, así, ha preferido investirlo con los ropajes de una lectura destinada a televidentes de Ana Rosa y forofos de Paulo Coelho. El problema de movimientos de este cariz (entre otros muchos, claro) es que probablemente no encuentre ni a unos ni a otros, no siendo por casualidad (en mi caso, gracias a que leí una entrevista con Samantha Schweblin en la que manifestaba su interés por la autora). El despropósito sigue en la contracapa, con un resumen sesgado y pobre de lo que el lector se encontrará en esta novela, a saber: «una madre y una hija que recuerdan lo mucho que se aman». Ay, Dios.
Sobre el daño que le hace el concebir la obra como tema a la literatura no vale la pena extenderse: es cosa sabida; si encima se acicala ese tema para convertir aquella en una mezcla de Las chicas Gilmore y el ñoño sentimentalismo de Muriel Barbery, ya no digamos.
Y ya me da pena llevar todas estas líneas soltando improperios cuando la novela que nos traemos entre manos es algo grande, muy grande, grande como son grandes las cosas sin artificio, de una grandeza delicada, frágil, volátil, como si las palabras se quemaran a medida que se leen y ya no fuera a haber oportunidad de recuperarlas. Elizabeth Strout teje la historia de un recuerdo, un recuerdo dentro del cual se recuerdan otros recuerdos, en los que se entrecruzan las torpes vivencias de personajes variopintos, tan reales que da miedo, como si la autora fuera capaz de leer nuestras mentes mientras soñamos y a ello se dedicara. La relación madre-hija es, en realidad, una excusa para todo esto, para que la voz en primera persona de la protagonista pueda reflexionar sobre la vida, los propios orígenes, las relaciones de familia, la infancia, el miedo, el amor, la convivencia, la literatura, la ignorancia, la maternidad, el esnobismo, la enfermedad, el sonido del maíz al crecer en el campo, el jefe indio Halcón Negro, el llanto de los niños, los libros infantiles, la relaciones condenadas, el maltrato y la soledad. Todo eso y más.
La primera línea comienza: «Hubo una época, hace ya muchos años»… y así la autora ya nos hace saber que todo se trata de un recuerdo, el cual es probable que no esté nítido, pues el tiempo ha pasado. Así, a la subjetividad de la narración en primera persona de la protagonista, se suma la subjetividad del paso del tiempo, del recuerdo, que siempre es mentiroso. Así, en la página 31 nos encontramos:
«Y mi madre dijo:
—Me parece que ella lo lamenta.
Pero quizá no fuera eso lo que dijo mi madre».
Aunque parezca contradictorio, las distintas indicaciones por parte de la autora sobre la posible incongruencia de lo que cuenta legitiman lo contado, puesto que en una novela, a diferencia de en un ensayo, la exactitud de los hechos no importa mientras estos sean veraces, y la imprecisión acientífica de la narradora y protagonista está repleta de veracidad. Así como de honestidad con respecto a lo que se quiere transmitir, que sería el equivalente en la novela, el relato o la poesía a la exigencia del dato auténtico y de la documentación apropiada en el ensayo: creer en el ejercicio de comunicación que se establece con el lector, sea este del tipo que sea, creer en la razón por la que el autor y el lector se buscan por mediación de la obra y encargarse de ella con el debido respeto.
La traducción de Flora Casas merece especial mención y elogio, con una elegancia y naturalidad que hacen olvidar que lo que estamos leyendo es efectivamente una traducción. Hay algún fallo muy molesto del que los editores debieran haberse cuidado, como en la página 55, en que se pasa del tú al usted y vuelta en una conversación sin orden lógico:
«Le pregunté:
—¿Qué haces?
—¿Que en qué trabajo?
—Sí —dije—. Da la impresión de dedicarse a algo interesante. ¿Es actriz?».
Leer cosas así duele y lleva a la inevitable reflexión sobre el daño que hacen los plazos al trabajo bien acabado. Todas las ventajas que las tecnologías y la globalización nos ofrecen en lo que respecta al trabajo editorial quedan aplastadas al reducirlas a la posibilidad de ajustar al máximo los plazos. Si uno coge una traducción de los años 60, probablemente encontrará calcos que hoy resultan alucinantes, entre otros errores que ahora no cabe imaginar, pero no encontrará esa clase de fallos que se puede y se debe achacar a los plazos, sean los de traducción o los de corrección (si la hubo). Para mí, esta clase de fallos marcan la diferencia a la hora de decidir si voy a gastarme dinero en un libro. Al fin y al cabo, hay indicios de que la editorial no lo ha hecho, y no me estoy refiriendo a gastarse el dinero [la editorial] en solapas guapas ni en guardas preciosistas, no, sino a gastárselo en lo que es el proceso de edición básico (ese proceso que, sin embargo, está ensombrecido frente a las solapas guapas y a las guardas preciosistas, precisamente porque no se pueden importar al escaparate o entrarle por la vista del consumidor).
Hay alguna nimiedad que otra por ahí como «edifico» por «edificio» en la página 78.
Cabe insistir en que esa clase de fallos no son achacables al traductor, redactor, whatever… El papel del corrector no es un capricho y no se basa en la desconfianza con respecto al trabajo de quienes redactan, sea en virtud de traductores o de creadores, sino que su presencia clásica en el proceso de edición se justifica por las incorrecciones inherentes a los trabajos previos sobre el texto y a la naturaleza de los mismos. De hecho, la prosa de la traductora es muy buena y carece de la afectación de la que tantas traducciones no acaban de librarse.
Por supuesto, un trabajo de traducción o de corrección puede estar muy bien hecho y contener algún error (contradicción que generalmente se explica por causa de los plazos). Es posible que esté siendo duro de más por la estupefacción que me causa el envoltorio que se le ha puesto para presentársela al gran público a una obra que es y merece más. Sea como sea y por fortuna, errores como el señalado no abundan.
Lamento, por otra parte, la posibilidad de estar contribuyendo a quitarle a alguien unas migajas de pan de la boca, sea a la autora, a la traductora o a los distintos participantes del proceso editorial, pero por desgracia resulta imposible hacer un boicot sin romper algunos huevos y personalmente soy de quienes prefieren joder a alguien para hacer el mundo un poco mejor que para sacarse algún leuro de más, llámenme bolchevique si quieren.

En fin, para terminar: compren lo que quieran, pero no dejen de leer Me llamo Lucy Barton. Es un novelón. Es literatura.

stranger magic happens

Decía que si nunca has tenido un artefacto mágico en las manos, entonces prueba a superar el volumen Magia para lectores de Kelly Link, una recopilación editada en 2012 por Seix Barral con cuentos seleccionados de los distintos libros de la autora (Stranger Things Happen, Pretty Monsters y Magic for Beginners en el momento en que se llevó a cabo esta traducción y edición) y otras fuentes, como publicaciones online, revistas o antologías de varios autores. En muchas referencias se toma este libro por traducción de Magic for Beginners, se comprende que por el juego de palabras, aunque bastaría mirar con atención las últimas página para comprobar el origen distinto de cada cuento. No pasa nada, porque la recopilación tiene tanta consistencia como si hubiera sido concebida realmente como un único libro desde el principio. Los cuentos, por otra parte, son bastante largos (de entre 30-50 páginas, más o menos), lo que facilita la tarea de verlos como mundos aislados, casi como si fueran novelillas, de forma que la consistencia, aunque la haya, no es tan importante. Al grano: lo que hace Kelly Link es dar una lección de imaginación y solvencia literaria (dos aptitudes no siempre unidas) de no te menees, y lo hace mezclando cultura thrash, TV, fantasías de plástico, dibujos animados, cuentos de hadas, espada y brujería, trascendencia e intrascendencia adolescentes, vampiros y otros monstruos y recursos literarios audaces, todo sin despeinarse. Se la ha comparado insistentemente con J.K Rowling, comparación que sería acertada si J.K. Rowling molase y supiese escribir, si fuese el triple de audaz y original y escapase a un devenir creador exudante de obviedades. Lo que pasa es que Kelly Link usa el género para la literatura y no al contrario, como tantas veces sucede; lo trasciende para dar forma así a una obra de valor. Si la actual generación del gótico de colores, el ánime y el LOL supiera de su existencia (es decir, si estuviera arropada por un cheque en blanco destinado a publicidad, como es el caso de quienes ocupan el podio que a ella pertenece), se rendiría a sus pies. Pero ojo, mientras que su literatura es claramente generacional, como todo lo que es bueno con todas las letras, es también para que la disfruten los amantes de lo que es bueno. Sin más.
Tendrán un refugio seguro en Kelly Link quienes echen de menos a esos Tim Burton o Neil Gaiman que combinaban sin tapujos la fantasía gótica pop y la alta cultura (sobre todo el segundo, cosas de ingleses) para parir obras para la posteridad con la misma naturalidad que si se hiciera solo (hace, de hecho, tanto tiempo de eso, que parece que ni fue verdad, que la casualidad fue aquello, que Burton y Gaiman son esencialmente manieristas de sí mismos, como si el esplendor anterior fuese solo un paso necesario para la autoimitación de baja calidad y la repetición extenuante, su verdadera meta*). Conste que soy bastante exigente: del primero no me gustó una peli después de Sleepy Hollow (y miedo me da volver a verla, por si acaso) y del segundo solo alguna cosilla después de Sandman (y es que, hoy por hoy, ¿alguien quiere algo de Proust que no sea En busca del tiempo perdido?). Lo que quiero decir es que no me voy corriendo por las paredes cada vez que la fantasía de consumo llama a mi puerta, pero Kelly Link supera la prueba, como otrora hicieran los mentados, y como todos los verdaderos artistas, recoge el testigo de sus maestros de esta historia para llevarlo un poco más allá.


*¿Pero quién soy yo para poner en entredicho la buena vida?

viernes, 6 de octubre de 2017

un recuerdín

cuando los soviéticos se hicieron con el poder y todas las oportunidades estaban por aprovechar, se pusieron a la cabeza de Europa en temas como el arte, la educación, la liberación sexual, etc. artistas que no tenían ninguna necesidad de ser arribistas, como Kandinsky, que ya ocupaba un lugar en la historia, acudieron al lugar donde pensaron que había un campo abierto para el arte como nunca lo había habido antes en ningún sitio: para practicarlo, enseñarlo y universalizarlo. se trató de una Bauhaus elevada al cubo, cuando esta ya había perdido todo su encanto revolucionario, aunque por razones obvias (y no hablo de valor artístico) la Bauhaus es recordada por todos y aparece en todos los libros de historia, mientras que aquella etapa artística en la URSS parece ser simplemente una anécdota para la historiografía generalista. sin embargo, llegó un momento en que los artistas tuvieron que elegir entre irse con la maleta a otra parte o dedicar su arte al folletineo y la cartelería, frente al potencial emancipador del arte que obliga al público a enfrentarse al arte y a sí mismo. Kandinsky estuvo entre los que hizo la maleta. los que decidieron quedarse y aún trataron de producir un arte significativo, a pesar de dar su apoyo político a la URSS, tuvieron unas relaciones con el poder burocrático nunca exentas de problemas: Malévich, Ródchenko, Mayakovski… los que se marcharon, puesto que el rodillo burócrata no podía concebir algo así como una crítica desde dentro, fueron tildados de artistas burgueses, y el mismo arte que poco antes había servido a la causa pasaba a ser asimismo pequeñoburgués, como por arte de magia. porque el disenso no solo había de ser rebatido, sino que debía ser deslegitimado, de forma que no quedase lugar a futuros debates, al igual que estaba ocurriendo con otros debates en ciencia o en filosofía. las discusiones había que zanjarlas de inmediato y la parte perdedora (que era perdedora desde el momento en que su opinión no era la del aparato) ser acusada de capitalista y colaboracionista. y estos breves años marcaron la relación de soviéticos, postsoviéticos y herederos con el arte, una relación que se extiende hasta hoy, la relación con una oportunidad perdida que se niega. pero un artista con conciencia, al igual que un trabajador del metal con conciencia, sabe que un burócrata chupatintas no puede ni debe dictar sus pasos, ni tiene legitimidad para decidir si forma parte o no de esa entelequia llamada vanguardia del proletariado.

martes, 11 de julio de 2017

yo soy la locura

Llevamos prácticamente toda nuestra vida oyendo que todo está ya hecho en literatura, en música, en cine, en todo. Pero es mentira, y la mayoría de las veces en que esto se dice suele tratarse de una excusa para la propia falta de ideas o de un intento de conquista de un horizonte más en la lucha por la imposición (o la conservación de la imposición) de la ideología más boba de la posmodernidad: la del fin de la historia. Todo está hecho, todo se ha acabado. Mentira mentira mentira, mentira mentira mentira mentira.

Combat Astronomy son solo un ejemplo con el que se puede refutar muy cómodamente y sin levantarse del sofá del salón esa idea u ocurrencia, uno del que algunes dirán que se trata de un batiburrillo posmoderno de elementos cogidos de aquí y allá, sí señores, más o menos como lo de Strauss de a mediados del siglo XX o lo de Homero un poco antes.

Al grano: Combat Astronomy, al menos en lo que a Symmetry Through Collapse se refiere, podría describirse, para que el oyente en potencia se haga una idea inicial muy básica, como un posible resultado del encuentro entre Björk y John Zorn; el timbre de Dalila Kayros es, de hecho, prácticamente clavado al de la cantante islandesa, aunque en las mil y una comparaciones técnico-musicales que despliega en su texto de promoción, la discográfica ignora este hecho, se puede imaginar que temerosa de la posible reacción del público metálico al que orienta claramente su producto. Lo mismo podríamos decir de la etiqueta de doom, que a pesar de los trabajos anteriores del grupo cuesta mantener, ya que lo que es en este disco: nadita, si obviamos algún riff grave y machacón que en realidad los acerca más a grupos como Sweep the Leg Johnny, aunque sin las risas, o Unsane. Progresiones que no aburren; kraut; jazz de vanguardia; minimalismo sin simplezas; percusiones de inspiración tribal; hipnotismo drone; toda clase de vientos en escalas imposibles sobre una base de, por lo general, pesadas guitarras; disonancias y atonalidades; trémolos monotono; konnakol; armonías corales aún inusuales en la música popular; electrónica dosificada; arreglos ruidistas, y una paleta cromática de cojones, entre, seguro, otras muchas cosas importantes que olvido, se aúnan en este trabajo para dar vida a una música que puede llevarnos a mil y una referencias, pero que es única, al tiempo que llena de organicidad y, a pesar de lo que se pueda extraer de lo leído, tremendamente entretenida.

Se trata de un trabajo en el que la llave maestra está en la voz, que da sentido y unicidad al variado y complejísimo conjunto del resto de los elementos. Esto no quiere decir que esos elementos no tengan un sentido musical y experimentador sin la presencia de la voz, ni que estén orientados al protagonismo de la misma, sino que el trabajo vocal actúa como una suerte de director de orquesta. Mentada está Björk, pero también podrían venir a colación Diamanda Galas, Barbara Hannigan, Maja Ratkje, Tanya Tagak o Agata Zubel. Etc., supongo.


Conclusión: Sería un tópico escribir «solo para mentes abiertas», así que digamos «solo para peña con buen gusto». En un mundo perfecto no habría enfermedades, los fachas y los explotadores morirían al nacer y todo el mundo tendría como mínimo la mitad de la creatividad que rebosan los participantes de Combat Astronomy.

jueves, 22 de junio de 2017

Berlin se escribe sin tilde en la ‘i’


Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin, con traducción de Eugenia Vázquez y una introducción magistral de la mismísima Lydia Davis (no somos dignos), parece haber sido una de las sorpresas más gratas de la temporada 2016, con críticas entusiastas a rebosar aquí y allá, tanto y tan insistentemente que hasta la magnitud del hecho generaba desconfianza, recelo (pues sí señores, qué quieren, yo no ideé las reglas de la industria del tocho). Sin embargo no pasa nada si los críticos más acríticos se han estado quitando el sombrero ante el arte de esta maestra de cuyas lecciones los lectores en castellano han estado privados durante décadas, un despiste lo tiene cualquiera y esta vez han acertado de pleno.

            Es difícil explicar el modo en que los relatos de Lucia Berlin se enmarcan a todas luces en el realismo sucio y, al mismo tiempo, en que los tópicos asociados a esta etiqueta pueden confundirnos de un modo bastante problemático sobre el cogollo y el contenido de estas historias. En Manual para mujeres de la limpieza hay alcohol, claro, y el dolor de las frustraciones de quien sabe que ya perdió el último tren y está abocado a ellas hasta el día en que muera, y relaciones manchadas, y un deseo irrefrenable de escapar y al mismo tiempo una desidia ante cualquier posibilidad de escape y la rendición o la claudicación como sistema de pensamiento, como forma de afrontar el paso del tiempo, que parece haberse congelado y al mismo tiempo agotarse vertiginosamente.

            Pero cuando pensamos en realismo sucio también pensamos en peleas de bar, en tíos duros que no estaban hechos para ser domados y acabaron jodiéndose la vida ellos solos, hasta verse abocados a la marginalidad social, o bien en hombres encorbatados, con turno de oficina y felizmente casados y con hijos, que en realidad nunca quisieron todas esas responsabilidades y viven gimoteando y ahogando sus penas en alcohol y fantasías posibles pero poco probables.

            Los personajes de Lucia Berlin son otros, son los secundarios que tienen que soportar a los tíos duros y a los tipos de corbata demasiado preocupados con sus propias frustraciones y, así, no se trata de más de lo mismo con una pincelada diferente, sino que lo mismo cambia por completo, se aporta una sensibilidad y un punto de vista completamente desemejantes (ojo, no digo que se aporte sensibilidad donde no la hay, siguiendo con el tópico de la sensibilidad femenina, me refiero a otra sensibilidad artística, una sensibilidad diferente con respecto al lugar de las cosas en el mundo, que en este caso, eso sí, es inherente al hecho de que la narradora es una mujer), de manera que aunque el contexto, el objeto pueda ser exactamente el mismo, el registro del tal [objeto / contexto] resulta en algo distinto; los personajes de Lucia Berlin no se angustian pensando en la guerra, ni en aquella vez en que les dieron una paliza por una apuesta o porque estén convencidos de que nacieran para brillar y sin embargo estén en la mierda; los personajes de Lucia Berlin se angustian porque son conscientes de que nacieron con el destino de angustiarse y ya desde una adultez temprana han sabido que nunca tendrían opción; esto no se reduce a un simple cambio de tema, sino que se aporta una poética que la aleja y la destaca sobre sus compañeros de escuela (no hay más que comparar a Fante y Bukowski entre ellos y luego a cada uno de ellos con Lucia Berlin, si bien es verdad que quizá habría que apuntar más hacia Ray Carver, aunque, por las razones arriba desglosadas, esto tampoco sería del todo exacto). De muestra un botón: «Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. […] Vi hijos y hombres y jardines en mis manos».



La sencillez, la simpleza de esa destrucción es más devastadora que cualquier guerra, que cualquier trabajo de fábrica o que cualquier combate de boxeo en unas manos cualesquiera.



También hay que destacar de Lucia Berlin que no se conforma, y aquí también se pone por encima de los gestos típicos del realismo sucio, con recoger la miseria de sus personajes, narrarla periodísticamente y dejar que fluya por sí solo el lirismo que pueda haber en ello, sino que hay en su escritura una consciencia de la literatura como hecho formal, de que la narración se puede sublimar más allá de la relación de hechos con el recurso a cuestiones de estructura, y una voluntad genuina de trabajar con eso. A «Punto de vista» me remito, un relato que debería leer cualquiera que quiera indagar en eso de la escritura o disfrutar de una lectura estimulante, o cualquiera sin más. Es también la muestra de que Lucia Berlin, a pesar de que no apunta (y creo que esto es suficientemente obvio como para no tener que extenderme en ellos) al público académico, en el sentido de que no apunta más a él que a quienes sufren las miserias de lo cotidiano sin tiempo ni medios para hacerse preguntas sobre semiótica, no toma a su lector por tonto. Esto, que parece muy fácil, son contados los escritores que han sabido hacerlo y salir bien parados. Sobre escritoras, ya iremos sabiendo, de momento tenemos a una.



Soy consciente del protagonismo de los escritores/hombres como referencia, pero se trata hoy por hoy del canon del realismo sucio de marras y al fin y al cabo el canon es siempre subvertible, pero a veces es simple y llanamente el que es, por razones históricas que sería redundante recoger ahora aquí. En la siguiente ronda podremos pasar de ellos y partir del referente de Lucia Berlin.



Otra cosa que quería destacar y que no me parece baladí, sobre todo teniendo en cuenta la banalización y uso abusivo de ciertos términos que se lleva acometiendo desde años recientes (probablemente no más de un par), es que la literatura de Lucia Berlin no es feminista en el sentido militante. Lucia Berlin es una mujer consciente de su situación y papel en el mundo y que escribe sobre ello adoptando distintos puntos de vista y situaciones; el feminismo que pueda haber en la literatura de Lucia Berlin es el que haya (y hay) implícito en eso, ni menos ni más.

sábado, 18 de febrero de 2017

cachete con cachete / pechito con pechito




«si me doran el palmito es feedback, si me critican es un ataque a la libertad de expresión».
—un artista con hambre


«quiero hacer cositas polémicas, pero sin que nadie me salga a protestar».
—the artist as a young man

jueves, 12 de enero de 2017

2017 me como un bizcocho



comienza un nuevo año y muchas cosas quedaron pendientes en este blog.
se quedaron por terminar/publicar:


—un repaso por la discografía de PJ Harvey que ya va con dos años de retraso. Let’s England Shake era el broche de oro perfecto, pero entretanto ha sacado otro álbum.
—un repaso por la discografía de Marduk que lleva escrita a medias por lo menos desde hace otros dos años.
—un repaso al concepto/imagen del «intelectual» y sus condiciones actuales, a su uso por el poder tanto a través de la apropiación como del desprestigio; a la alienación de las élites culturales con respecto de la masa a la que pretenden cambiar. pero tal proyecto rebasaba el espacio de un blog y probablemente mis capacidades actuales para afrontarlo seriamente.
—un escrito que iba de ThousandwillDie a Discordance Axis, hacia atrás en el tiempo, con un batiburrillo histórico-influencístico.
—un repaso al black metal islandés reciente.
—una crítica de un artículo en prensa que defendía que era muy feo reírse de las lagrimillas de un político de la actualidad porque esto sería caer en una actitud muy fea y muy heteropatriarcal. en el escrito defendía que no solo reírse de las lagrimillas no es una actitud heteropatriarcal sino que, de hecho, las lagrimillas del macho en el momento preciso son una expresión machistuna de las de toda la vida. además hacía una serie de matices a incorrecciones histórico-culturales contenidas en dicho artículo.
—un repaso crítico a las teorías pseudometafísicas de Braudillard sobre la guera de Irak en el contexto de la ultratelevisada batalla de Mosul.
—un repasillo a las teorías espectáculo de Byung-Chul Han, argumentando cómo lo que pueda resultar más atractivo e interesante de sus análisis es reciclado y el resto es reaccionario, en el contenido y en cuanto a su aspiración a pura filosofía de consumo.
—un millón de libros que me gustaría haber reseñado y tengo pendientes, algunos desde hace años. La plaza de la estrella o Nada se opone a la noche quedan como proyectos inafrontables a medida que pasa el tiempo. son obras para meditar, pero que hay que tener frescas para darles el repaso que se merecen. caerá la de Cicatriz de Sara Mesa sí o sí.
—montones, millones de discos, sobre todo aquellos que salieron este mismo año, como el Voices de Wormrot, pero no pudo ser.

casi todas estas cosas están prácticamente hechas, pero les falta un rematillo final. probablemente de todas ellas vivirá este blog a lo largo del próximo año. o no.