miércoles, 21 de septiembre de 2016

If you want to get down, get down on the ground


«-En la novela hay un resabio bolañista, aunque no lo suficientemente profundo como para que se coma la historia ¿Cree usted que su generación tiene menos afectos literarios?
- Hemos heredado algún mito que otro, pero tenemos bastante más orfandad que otras generaciones. En el fondo eso está bien».

De los tropecientos títulos que, si hacemos caso a la propia novela (lo que, en esto de la autoficción es, aunque parezca contradictorio, aún más resbaladizo de lo que ya era en la ficción a secas), Daniel Jiménez barajó para su primer libro publicado, sin duda Cocaína «a secas» es el más afortunado de todos. Sin embargo, también es un título que puede llevar al prejuicio: libro sobre un escritor cocainómano que nos cuenta sus aventuras de macho desesperado pero ejemplar: realismo sucio: realismo sucio a estas alturas de la vida. Hay realismo y hay suciedad en Cocaína, claro, pero carece de muchos de los elementos característicos de ese cajón de sastre al que venimos llamando realismo sucio y tiene otros de los que en general aquel carece o por los que no se interesa (al menos explícitamente). En Cocaína no hay descripciones recreativas del ambiente del cocainómano o de la mala vida en general, de tugurios turbios y personas sin oficio ni beneficio, fuera de la sociedad y del sistema y abocadas a la autodestrucción no reglada. Muy al contrario, en Cocaína nada es marginal y lo que nos encontramos es el entorno aparentemente cool pero en realidad insulso de la mal llamada clase media, y ni siquiera el de las fiestas (alguna hay, pero caseras y en petit comité, y luego unas cuantas sesiones de cañas/cafés, que tampoco son el escenario preferente de la novela), sino el familiar, laboral, etc.

La cocaína en el fondo no es tan importante como su condición de único elemento del título del libro nos pudiera hacer pensar. La droga de marras actúa, en realidad, como el aglutinante de toda una serie de temas, la pieza que hace que el formato diario de Cocaína no se trate tan solo de eso mismo, de un diario que narra un año en la vida de una persona. La más obvia, claro, entre otras. Todo con la intención de contarnos la debacle de un tipo cuya cloaca interior salió a la superficie el día en que su hermana se quitó la vida, y que desde entonces fue más allá del «¿Por qué?» para preguntarse también «¿Soy yo como ella?» y «Si es así, ¿cuánto tiempo más lograré sobrevivir?». A partir de aquí, toda clase de inseguridades, comportamientos inadecuados y autodestructivos (más mentalmente que físicamente, nada de peleas de bar innecesarias o cosas por el estilo, sino más bien algo que podríamos llamar «introspección autodestructiva»; de nuevo: desechemos el paradigma realismo sucio para hablar de Cocaína) y daños colaterales derivados de los daños colaterales.

Al aglutinante cocaína y al hilo implícito suicidio se viene a sumar el hilo explícito literatura. El protagonista es, además de un cocainómano, un aspirante a escritor, por lo que su diario está plagado de observaciones sobre la literatura, tanto en sentido trascendental como en concreto, con observaciones sobre el estado actual de la cuestión y alusiones a personalidades reales del mundillo (y a personalidades reales en general, lo que dota a la novela de un gran realismo y una gran capacidad para sumergir al lector en sus contenidos, virtudes que, por otro lado, perderá a medida que pase el tiempo, cuando se trate de lectores de otras generaciones y con otros referentes). En este aspecto, Cocaína funciona muy bien, porque muchas de las observaciones y reflexiones que se hacen sobre la literatura son para enmarcar y reflejan un auténtico amor por este arte, por su práctica. Pero además, cualquiera que haya amado o ame una disciplina cualquiera y se halle inmerso en la lucha por destacar en ella se identificará por fuerza con la brega del protagonista de Cocaína; en este sentido, el valor de este contenido es doble, porque no se agota en los escritores o en quienes puedan estar interesados en el proceso y en el mundillo de la escritura.

Por otro lado, el devenir del personaje y sus entradas de diario sirven para reflejar una situación de un perfil concreto en un contexto concreto, por lo que ya se ha tildado a Cocaína de novela generacional, aunque se diría que hay más incidental que voluntad por parte del autor en esta circunstancia. Pero sí hay una descripción emocional (explícita) y material (implícita) de una generación perdida por el choque de la crisis y la incredulidad e incapacidad de reacción ante la misma que el haber sido niños de la opulencia le ha generado. Inevitable entonces que haya crítica sociopolítica, en este caso a veces explícita y a veces implícita. En este aspecto Cocaína es sincera y nada populachera. Por otra parte, ese ir de lo nihilista cotidiano al desprecio de los modos de vida como forma de crítica sociopolítica consciente lo acerca a Bukowski (sí, ese señor al que sus peores lectores [casi todos] y sus críticos más perezosos [casi todos también] reducen una y otra  vez a historias de sexo y alcohol), al que, de hecho, cita. [Sí, ya sé, Bukowski es el rey del realismo sucio, pero la característica descrita es más bukowskiana que paradigmática del realismo sucio; por otra parte, nada en lo estilístico o lo formal que acerque a Daniel Jiménez a Bukowski]. Al saco de la arena, sin embargo, va un cierto tono misógino que a veces se vislumbra en el modo en que se habla de los personajes femeninos, y que da la sensación de ir, en ocasiones, más allá de la ficción de un tipo frustrado con el mundo que, siendo hombre y sintiéndose rechazado, lo paga más injustamente con las mujeres que con otros hombres, con los que hay una feroz competición pero al mismo tiempo un poso inextinguible de camaradería machuna. Cocaína va en ocasiones más allá de un retrato de este tipo para dejar entrever una serie de confusiones que no estoy seguro de que el autor maneje del todo.

Cocaína está escrita en segunda persona, una opción que, si se rastrea cuenta, como casi todo, con una cierta tradición, pero que está por explorar a fondo. En mi opinión, hacia las últimas páginas comienza a flojear un poco, más por lo que se narra que por la forma en que se narra, pero el autor cierra justo a tiempo y aún tiene tiempo de regalarnos joyas como una entrada de diario en la forma de una sola frase: «29, diciembre Escribir es la única recompensa del escritor». Sea como sea, se trata de una buena novela, tras cuya lectura solo se espera que vengan más y también que haya más como Daniel Jiménez, no en lo temático o en lo estilístico, sino simplemente en lo cualitativo.

lunes, 12 de septiembre de 2016

ortodoxia y más allá. let spend the night with… Batushka!



2015 sin duda fue un gran año para Satanás, y, aunque aún es pronto para verlo con suficiente perspectiva (quién sabe si 2016, aunque no hay señas por el momento, lo igualará o incluso lo superará, o si el 2015 se quedará al paso de los años en el inicio de una escalada que lo dejará en nada), hubo un montón de lanzamientos que destacaron por su calidad y que puede que lo conviertan en un año-hito para el black metal. La verdad es que la media es de órdago, con discos como The Dreaming de Akhlys, Downfall of Nur de Umbras de Barbagia, Scar Sighted de Leviathan, Ygg Huur de Krallice, Söngvar elds og óreiðu de Misþyrming (hay en proyecto una entrada o un par de ellas sobre el black metal islandés, pero no hay tiempo para todo) o el ya visto en este blog Exercises in Futility de Mgla. Incluso en los estilos más épico-folklórico-nanianieros, que por aquí no gustan demasiado, ha habido una serie de lanzamientos que han sido objeto de grandes halagos por parte de quienes disfrutan de estas sonoridades, como Beware the Sword You Cannot See [gran consejo, por cierto] de Forest of Swords, Shards of Silver Fad de Midnight Oddissey o el amado y odiado a partes iguales [aunque odiado con más pasión, diría yo] M de Myrkur.

En resumen, un año de puta madre, en el que todos los discos mentados (de la primera tanda, se entiende), en mayor o menor grado, asimilan las sonoridades oscuras impulsadas por el black metal ortodoxo a lo largo de algo más de la última década y haciendo honor al legado de [The True] Mayhem, que a pesar de todo pareció haberse quedado en nada a finales de los 90 y primeros años de los 2000. Es decir, velocidad y crudeza combinadas con sonoridades lóbregas, tenebrosas, y temas que se basan en lo satánico para deslizarse al ocultismo, cosmovisiones basadas en el caos o mitologías más o menos heréticas como el gnosticismo, negatividad, misantropía… También, más o menos en todos ellos o en muchos de ellos, está presente el uso de la disonancia, más que como un estilo (aunque en ciertos casos también), como un recurso más en la caja de herramientas, al igual que una mayor variedad en las voces sin necesidad del recurso a la voz limpia, tratando de acentuar la teatralidad, lo escatológico, lo oscuro; así como cambios extraños de un riff a otro, cambios y progresiones inusuales, lo que transmite en ocasiones una sensación de caos bien estudiada, comunión de agresividad y atmósfera, minimalismo, ramalazos de ritmos crustirockanrolerizados… Todo esto y alguna otra cosa es lo que tienen en común la mayor parte de los grupos que en los últimos años tratan de hacer cosas nuevas con el black metal sin alejarse demasiado, sin embargo, de su esencia musical.* Se podría decir que, si obviamos su versión pop-espectacular, esta es la forma que tiene hoy el black metal.

Y en este contexto se ubica este Liturgiya de Batushka, banda procedente de Polonia, país que junto con Islandia (pero también con más tradición que esta última) parece dispuesto a quitarle el trono a Noruega, si no en lo que se refiere a las cifras y la fama, por lo menos en lo de la renovación digna de la cantera y del black metal en general (aunque, por un lado, quien tuvo retuvo, y por otro, no hay que olvidar que mucho de esto lo comenzaron los de Trondheim, lo que pasa es que esa gente es vaga de cojones y no saca discos ni patrás).

Bien, para empezar, Liturgiya se puede añadir a esa lista de discos de calidad superior del 2015, porque es un pepinazo la mar de fino. El rollo de Batushka es mezclar el black metal ortodoxo con música y estética bizantinas, con una gran predominancia de las voces claras (nada de tonalidades épicas a lo Garm e imitadores y herederos, sino en la forma de una emulación bastante impresionista de las misas cantadas tradicionales ortodoxas) y unos riffs de guitarra potentes, sencillos y con efluvios sinfónico-épicos, lo que nos retrotrae sin dudarlo al Transilvanian Hunger de Darkthrone, si bien entre uno y otro hay una gran distancia. También tiene bastantes semejanzas con el Exercises in Futility de Mgla, aunque la épica de Batushka es mucho más pronunciada, con menos carácter de umbría, pues de lo que se trata aquí es de recuperar para Satán la majestuosidad de las misas cantadas y escupirlas en forma de blasfemia. Un detournement satánico en toda regla. La producción es limpia (aunque no inmaculada y relamida, Satanás nos guarde) y potente, hace ganar puntos al trabajo de Batushka, que se escucha de un tirón y que de hecho gana enteros si se cata así, como conjunto antes que como simple colección de canciones. Al igual que el mentado Exercises, las canciones de Litourgiya se llaman todas igual que el álbum, cada una de ellas rematada con un número romano que corresponde al orden que ocupan respectivamente en el disco.

Como curiosidad, no se conoce la identidad de los miembros de Batushka. Por otra parte, parecen tener problemas con la Iglesia Ortodoxa Rusa, que considera su música e imagen como un insulto. Otra anécdota graciosa es que la gente parece hacerse la picha un lío con la estética pseudoreligiosa del grupo. Hay una discusión muy buena en Youtube en el que un montón de gente [aparentemente cristiana] parece empeñada en afirmar que se trata de una banda [también] cristiana. Uno de los miembros del grupo comentaba también en una entrevista una historia sobre un chaval que se metía en un foro a preguntar si no se trataría de una banda de unblack metal, ya que quería asegurarse antes de mancharse el alma y ofender al señor Lucifer con su escucha. Es curioso cómo en una época tan cínica como esta en la que vivimos, la ironía es, sin embargo, a dead scene.

Sea como sea, esto lleva el Certificado de Calidad de la Unión de los Infiernos y constituye una muestra más de que no todo tiempo pasado fue tan mejor.

Una cosa que se me acaba de ocurrir mientras escribía esta crítica: a ver si va a estar alguno de los de Mgla por aquí en Batushka disfrazao. Al final conseguirán que sus padres los echen de casa.


*Los mencionados Umbras de Barbagia no se ajustarían a esta descripción.

lunes, 5 de septiembre de 2016

'La economía desenmascarada', de Steve Keen.



En el año 2005, el economista Steve Keen estableció un modelo matemático para preveer la inminente crisis económica cuyos efectos aún sufrimos, aunque llevaba advirtiendo sobre esta probabilidad desde los años 90 (el mérito de 2005 estuvo en la modelización  matemática), trabajo que le valió obtener el Review Award for Economics en el año 2010, lo que no redundó, como sería de esperar en el seno de una disciplina verdaderamente científica, en una revisión mayoritaria de las tesis vigentes y de las propuestas de Keen. Se podría decir que el punto de inicio o la génesis de este libro estaría en la pregunta: ¿Por qué solo algunos economistas advirtieron sobre la posibilidad de un estallido de las burbujas seguido de una gran recesión y por qué se les hizo oídos sordos en el propio entorno de la profesión económica? La respuesta de Steve Keen es sencilla: la economía imperante es poco menos que una pseudociencia cuya principal preocupación es legitimarse a sí misma antes que tratar de desentrañar los auténticos mecanismos de la economía y establecer unos fundamentos empíricos para la disciplina. La explicación de esta respuesta no es tan sencilla, y es lo que da forma a las 740 páginas (sin incluir bibliografía) de este libro.
            La lectura de La economía desenmascarada puede hacerse ardua en algunos momentos, porque frente a otras obras de crítica a la economía hegemónica, pone en segundo plano los argumentos sociológicos, filosóficos, etc., para atacar a la economía clásica en su propio terreno (o el que se pretende que es): las matemáticas y la presunción científica. No obstante, Steve Keen tiene un gran mérito a la hora de hacer accesibles los a veces complejos argumentos sobre los que trata de levantar su crítica. Tener una base de matemáticas ayudará bastante; también tener nociones de ciencias sociales; sin embargo, diría que cualquiera al que le interese obtener un punto de vista científico de la disciplina económica extraerá lecciones muy importantes con la lectura de este libro.
De hecho, La economía desenmascarada puede funcionar muy bien como manual de mano de economía, pues abarca temas epistemológicos, históricos, formales… Se podría argumentar que tiene un discurso propio demasiado pronunciado como para ejercer de manual, pero, como el propio Keen critica, todos los manuales tienen, de hecho, un sesgo bastante pronunciado, aunque se hagan esfuerzos para que no parezca así; este, al menos no engañaría a nadie en cuanto a sus intenciones.
Algo que me ha gustado especialmente es que ataca a la escuela neokeynesiana, junto a la neoliberal (a la que se suelen limitar los críticos más politizados y menos versados en economía o en escuelas económicas), que serían la cara y la cruz de la economía neoclásica y compartirían fallos epistemológicos graves de base, a saber, la «metafísica económica» (aunque Keen en ningún momento utilice el concepto de «metafisica») del «equilibrio perpetuo», la «perfección de los mercados», la «mano invisible», etc.; metafísica que tratan de fundamentar a través de la matemática, es decir, la matemática no al servicio de lo que quiera que sea la economía, sino al servicio de lo que apriorísticamente se ha decidido que es: ¿puede haber algo menos científico? Podría dar la casualidad de que en su errático camino hubieran dado con fórmulas que sean ciertas, pero Keen, lejos de conformarse con esta crítica general, va desmontando las principales teorías de estas escuelas una por una, como ya se ha dicho, con herramientas empírico-matemáticas. Las advertencias que se suelen hacer sobre los neoliberales, Keen las traslada también al grupo de los neokeynesianos. Esto causa alegría a quien suscribe, que siempre desconfió de Krugman y compañía y los vio como la izquierda maquillada de esa extrapolación del bipartidismo que sería la economía mainstream. Es fastidioso ver cómo una gran mayoría de quienes, de un tiempo a esta parte, critican el bipartidismo en política, rinden pleitesía a maese Krugman (principalmente) y a otros del mismo corte. Steve Keen pone, en este sentido, las cosas en su sitio, y, tan solo por esto, su lectura pasaría a ser directamente obligatoria (como cualquier lectura crítica con los relatos hegemónicos lo es).
Tiene el problema de que sus postulados pueden disgustar a gran parte de su público potencial. Por un lado, le da un profundo repaso a Marx, lo que no gustará a la ortodoxia acérrima; por otro lado, la crítica de la economía se trata de una crítica desde dentro, no necesariamente anticapitalista (ni lo contrario). Todo aquel que reniegue de cualquier tipo de revisionismo o de cualquier análisis que no sea esencialmente revolucionario, encontrará que La economía desenmascarada es un ejercicio de intelectualismo pequeñoburgués. Una pena, pues contiene analíticas y claves esenciales para desentrañar y comprender la economía capitalista (y sus fallos funcionales), algo que no puede dejar de ser importante para quien desea o trata de construir una sociedad mejor.
Respecto a la academia económica, donde Keen tendría un potencial lector muy potente, el estudiante medio de economía tendrá que librarse de una serie de axiomas con los que le han lavado el cerebro antes de aceptar las premisas de Keen, lo que no es tarea fácil.
Por eso lo de que una gran parte del público potencial de Keen puede mostrarse, de hecho, reticente ante su libro. Sería una pena que así sucediese, porque las lecciones de Keen son demasiado importantes como para que se pierdan en el limbo.

Con respecto a la cuestión del marxismo, Steve Keen cita a Marx con profusión a lo largo de todo el libro, y afirma que se trata de uno de los economistas no neoclásicos más importantes junto con Schumpeter, Fisher y Keynes (página 536; se sobreentiende que por el momento histórico para el que hace la afirmación, aún habría que añadir a Hyman Minsky y a Schaffra). Cuando en el capítulo 17 comienza con la deconstrucción y crítica de la economía marxiana, el autor afirma que va a tratarse más de una crítica a los marxistas y lecturas de Marx que al propio Marx; sin embargo, a lo largo del capítulo parece irse ensañando gradualmente, cada vez con más ahínco, hasta poner en duda el pretendido cientifismo de Marx (frente a los socialismos utópicos), por el hecho de haber fallado en su predicción del advenimiento inminente del socialismo. Esto último es bastante injusto si tenemos en cuenta que el cientifismo de Marx no se reduce (o no se debiera reducir) a dicha predicción y que su influencia en el desarrollo de todas las ciencias sociales ha sido y es aún importantísima, independientemente de los credos políticos (que se lo digan, si no, a Marvin Harris, o a Mario Bunge, que en su libro Epistemología lo menciona como el iniciador de un método científico en las ciencias sociales, junto a otros como Cournot o Walras, a pesar de las muchas y fuertes críticas que este autor mantiene frente al marxismo como escuela de pensamiento [Mario Bunge, por cierto, al menos en los últimos años, incluye la economía en el grupo de las pseudociencias]). Se podría colegir que Steve Keen busca quitarse de encima un posible sambenito que mancharía con ideología su crítica arrolladora pero empírica a la economía dominante.
            Sea como sea, La economía desenmascarada es un libro obligatorio para quien sienta interés por el análisis económico, por la metodología científica o científico-social, por la forma en que se construyen los discursos hegemónicos o simplemente por el modo en que funciona el mundo en que vivimos.
            Como pega, decir que estaría bien que, en futuras ediciones (si no las hay, el mundo está oficialmente descerebrado), los editores se planteen incluir un índice alfabético al final, pues el grosor del volumen y la profusión de nombres convierten la ausencia del mismo en una carencia grave.

Traducción de Álvaro G. Ormaechea, con revisión de Francisco Prieto. Mucho mérito.

jueves, 28 de julio de 2016

el medio es el mensaje / la forma es el fondo

Escribía en este blog, en junio del 2015, en referencia a Alberto Olmos: «[…] si es cierto que va a escribir una obra definitiva (y las tablas y la capacidad las tiene), yo la sigo esperando». En poco tiempo, mi parecer ha cambiado; es más, probablemente entonces ya no era el momento para decir algo así. Lo primero, porque Alberto Olmos ya parecía y parece creer que Alabanza es esa gran novela pendiente y habla de la misma con una suficiencia que no encuentra justificación en la realidad. Lo segundo, porque el personaje de Alberto Olmos ha devorado a Alberto Olmos escritor y a Alberto Olmos crítico. Da la impresión de que lo lapidario y lo polémico se han convertido, en su discurso, en fines en sí mismos, y no en los cauces que eran o parecían ser o debían ser. Estas dos causas hacen que se mueva en el terreno de la autocomplacencia, lo que hace difícil que llegue a poner el empeño que la gran obra esperada requeriría. Pero, además, probablemente las apreciaciones sobre A. Olmos de junio de 2015 ya formaban parte del pasado y, entonces, lo que critico ahora ya era presente. Es decir, que, a toro pasado, da la impresión de que en junio de 2015 ya era algo tarde para tener condescendencia con Alberto Olmos. En parte, la obstinación en aquel parecer era fruto de la idea, que albergo firmemente, de que contar con un aparato crítico sólido proporciona una herramienta única para la dación de forma, para dar pasos firmes hacia la aportación cualitativa en terrenos en los que casi todos estamos destinados a la aportación cuantitativa.


Tenía, en fin, bastantes ganas de leer Guardar las formas, supongo que por las mismas razones que muchos otros lectores, a saber: las declaraciones de Alberto Olmos sobre el formato cuento y su afirmación de que, precisamente porque lo considera un formato menor, se había visto obligado a perpetrar un material de  primera categoría. Lo cierto es que los relatos de Guardar las formas se mueven entre lo bueno, lo correcto y lo mediocre, escorándose la media hacia esto último, muy por detrás en ambición de lo que ya se está haciendo en la actualidad y desde hace tiempo en este ámbito.

Me pregunto si Alberto Olmos, al hojear Guardar las formas ya editado, adquiere consciencia de que un libro de cuentos no puede permitirse diez páginas inanes seguida, mientras que una novela sí; si, al escribir un relato como «Carta a una niña de cuatro años (para que la lea cuando alcance dieciocho)», a mi parecer uno de los mejores del libro, se da cuenta de que una frase mal puesta, una sola palabra fuera de sitio, lo descompondrían hasta los cimientos, otra dificultad con la que la novela vista como un todo no tiene que encararse. La novela, en fin, sobre todo si se trata de un tocho de 200 o 300 páginas en adelante, cuenta con muchos más recursos, no ya que un relato, sino que un libro de relatos, para camuflar la mediocridad [o las partes más mediocres, como se quiera]. Uno se pregunta, vaya, si Alberto Olmos se percató de todo esto durante el proceso de escritura de Guardar las formas. Pero se trata de preguntas retóricas, ya que, en vista de sus declaraciones al respecto, recogidas aquí y allá, hemos de entender que su fracaso artístico como cuentista no le ha llevado a cambiar un ápice su opinión sobre el cuento. Entiéndase «fracaso» desde la exigencia que él mismo parece que se impuso, desde el punto de vista de su propio reto. Guardar las formas no es un mal libro, pero no es ni mucho menos un libro destacable.