martes, 11 de julio de 2017

yo soy la locura

Llevamos prácticamente toda nuestra vida oyendo que todo está ya hecho en literatura, en música, en cine, en todo. Pero es mentira, y la mayoría de las veces en que esto se dice suele tratarse de una excusa para la propia falta de ideas o de un intento de conquista de un horizonte más en la lucha por la imposición (o la conservación de la imposición) de la ideología más boba de la posmodernidad: la del fin de la historia. Todo está hecho, todo se ha acabado. Mentira mentira mentira, mentira mentira mentira mentira.

Combat Astronomy son solo un ejemplo con el que se puede refutar muy cómodamente y sin levantarse del sofá del salón esa idea u ocurrencia, uno del que algunes dirán que se trata de un batiburrillo posmoderno de elementos cogidos de aquí y allá, sí señores, más o menos como lo de Strauss de a mediados del siglo XX o lo de Homero un poco antes.

Al grano: Combat Astronomy, al menos en lo que a Symmetry Through Collapse se refiere, podría describirse, para que el oyente en potencia se haga una idea inicial muy básica, como un posible resultado del encuentro entre Björk y John Zorn; el timbre de Dalila Kayros es, de hecho, prácticamente clavado al de la cantante islandesa, aunque en las mil y una comparaciones técnico-musicales que despliega en su texto de promoción, la discográfica ignora este hecho, se puede imaginar que temerosa de la posible reacción del público metálico al que orienta claramente su producto. Lo mismo podríamos decir de la etiqueta de doom, que a pesar de los trabajos anteriores del grupo cuesta mantener, ya que lo que es en este disco: nadita, si obviamos algún riff grave y machacón que en realidad los acerca más a grupos como Sweep the Leg Johnny, aunque sin las risas, o Unsane. Progresiones que no aburren; kraut; jazz de vanguardia; minimalismo sin simplezas; percusiones de inspiración tribal; hipnotismo drone; toda clase de vientos en escalas imposibles sobre una base de, por lo general, pesadas guitarras; disonancias y atonalidades; trémolos monotono; konnakol; armonías corales aún inusuales en la música popular; electrónica dosificada; arreglos ruidistas, y una paleta cromática de cojones, entre, seguro, otras muchas cosas importantes que olvido, se aúnan en este trabajo para dar vida a una música que puede llevarnos a mil y una referencias, pero que es única, al tiempo que llena de organicidad y, a pesar de lo que se pueda extraer de lo leído, tremendamente entretenida.

Se trata de un trabajo en el que la llave maestra está en la voz, que da sentido y unicidad al variado y complejísimo conjunto del resto de los elementos. Esto no quiere decir que esos elementos no tengan un sentido musical y experimentador sin la presencia de la voz, ni que estén orientados al protagonismo de la misma, sino que el trabajo vocal actúa como una suerte de director de orquesta. Mentada está Björk, pero también podrían venir a colación Diamanda Galas, Barbara Hannigan, Maja Ratkje, Tanya Tagak o Agata Zubel. Etc., supongo.


Conclusión: Sería un tópico escribir «solo para mentes abiertas», así que digamos «solo para peña con buen gusto». En un mundo perfecto no habría enfermedades, los fachas y los explotadores morirían al nacer y todo el mundo tendría como mínimo la mitad de la creatividad que rebosan los participantes de Combat Astronomy.

jueves, 22 de junio de 2017

Berlin se escribe sin tilde en la ‘i’


Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin, con traducción de Eugenia Vázquez y una introducción magistral de la mismísima Lydia Davis (no somos dignos), parece haber sido una de las sorpresas más gratas de la temporada 2016, con críticas entusiastas a rebosar aquí y allá, tanto y tan insistentemente que hasta la magnitud del hecho generaba desconfianza, recelo (pues sí señores, qué quieren, yo no ideé las reglas de la industria del tocho). Sin embargo no pasa nada si los críticos más acríticos se han estado quitando el sombrero ante el arte de esta maestra de cuyas lecciones los lectores en castellano han estado privados durante décadas, un despiste lo tiene cualquiera y esta vez han acertado de pleno.

            Es difícil explicar el modo en que los relatos de Lucia Berlin se enmarcan a todas luces en el realismo sucio y, al mismo tiempo, en que los tópicos asociados a esta etiqueta pueden confundirnos de un modo bastante problemático sobre el cogollo y el contenido de estas historias. En Manual para mujeres de la limpieza hay alcohol, claro, y el dolor de las frustraciones de quien sabe que ya perdió el último tren y está abocado a ellas hasta el día en que muera, y relaciones manchadas, y un deseo irrefrenable de escapar y al mismo tiempo una desidia ante cualquier posibilidad de escape y la rendición o la claudicación como sistema de pensamiento, como forma de afrontar el paso del tiempo, que parece haberse congelado y al mismo tiempo agotarse vertiginosamente.

            Pero cuando pensamos en realismo sucio también pensamos en peleas de bar, en tíos duros que no estaban hechos para ser domados y acabaron jodiéndose la vida ellos solos, hasta verse abocados a la marginalidad social, o bien en hombres encorbatados, con turno de oficina y felizmente casados y con hijos, que en realidad nunca quisieron todas esas responsabilidades y viven gimoteando y ahogando sus penas en alcohol y fantasías posibles pero poco probables.

            Los personajes de Lucia Berlin son otros, son los secundarios que tienen que soportar a los tíos duros y a los tipos de corbata demasiado preocupados con sus propias frustraciones y, así, no se trata de más de lo mismo con una pincelada diferente, sino que lo mismo cambia por completo, se aporta una sensibilidad y un punto de vista completamente desemejantes (ojo, no digo que se aporte sensibilidad donde no la hay, siguiendo con el tópico de la sensibilidad femenina, me refiero a otra sensibilidad artística, una sensibilidad diferente con respecto al lugar de las cosas en el mundo, que en este caso, eso sí, es inherente al hecho de que la narradora es una mujer), de manera que aunque el contexto, el objeto pueda ser exactamente el mismo, el registro del tal [objeto / contexto] resulta en algo distinto; los personajes de Lucia Berlin no se angustian pensando en la guerra, ni en aquella vez en que les dieron una paliza por una apuesta o porque estén convencidos de que nacieran para brillar y sin embargo estén en la mierda; los personajes de Lucia Berlin se angustian porque son conscientes de que nacieron con el destino de angustiarse y ya desde una adultez temprana han sabido que nunca tendrían opción; esto no se reduce a un simple cambio de tema, sino que se aporta una poética que la aleja y la destaca sobre sus compañeros de escuela (no hay más que comparar a Fante y Bukowski entre ellos y luego a cada uno de ellos con Lucia Berlin, si bien es verdad que quizá habría que apuntar más hacia Ray Carver, aunque, por las razones arriba desglosadas, esto tampoco sería del todo exacto). De muestra un botón: «Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. […] Vi hijos y hombres y jardines en mis manos».



La sencillez, la simpleza de esa destrucción es más devastadora que cualquier guerra, que cualquier trabajo de fábrica o que cualquier combate de boxeo en unas manos cualesquiera.



También hay que destacar de Lucia Berlin que no se conforma, y aquí también se pone por encima de los gestos típicos del realismo sucio, con recoger la miseria de sus personajes, narrarla periodísticamente y dejar que fluya por sí solo el lirismo que pueda haber en ello, sino que hay en su escritura una consciencia de la literatura como hecho formal, de que la narración se puede sublimar más allá de la relación de hechos con el recurso a cuestiones de estructura, y una voluntad genuina de trabajar con eso. A «Punto de vista» me remito, un relato que debería leer cualquiera que quiera indagar en eso de la escritura o disfrutar de una lectura estimulante, o cualquiera sin más. Es también la muestra de que Lucia Berlin, a pesar de que no apunta (y creo que esto es suficientemente obvio como para no tener que extenderme en ellos) al público académico, en el sentido de que no apunta más a él que a quienes sufren las miserias de lo cotidiano sin tiempo ni medios para hacerse preguntas sobre semiótica, no toma a su lector por tonto. Esto, que parece muy fácil, son contados los escritores que han sabido hacerlo y salir bien parados. Sobre escritoras, ya iremos sabiendo, de momento tenemos a una.



Soy consciente del protagonismo de los escritores/hombres como referencia, pero se trata hoy por hoy del canon del realismo sucio de marras y al fin y al cabo el canon es siempre subvertible, pero a veces es simple y llanamente el que es, por razones históricas que sería redundante recoger ahora aquí. En la siguiente ronda podremos pasar de ellos y partir del referente de Lucia Berlin.



Otra cosa que quería destacar y que no me parece baladí, sobre todo teniendo en cuenta la banalización y uso abusivo de ciertos términos que se lleva acometiendo desde años recientes (probablemente no más de un par), es que la literatura de Lucia Berlin no es feminista en el sentido militante. Lucia Berlin es una mujer consciente de su situación y papel en el mundo y que escribe sobre ello adoptando distintos puntos de vista y situaciones; el feminismo que pueda haber en la literatura de Lucia Berlin es el que haya (y hay) implícito en eso, ni menos ni más.

sábado, 18 de febrero de 2017

cachete con cachete / pechito con pechito




«si me doran el palmito es feedback, si me critican es un ataque a la libertad de expresión».
—un artista con hambre


«quiero hacer cositas polémicas, pero sin que nadie me salga a protestar».
—the artist as a young man

jueves, 12 de enero de 2017

2017 me como un bizcocho



comienza un nuevo año y muchas cosas quedaron pendientes en este blog.
se quedaron por terminar/publicar:


—un repaso por la discografía de PJ Harvey que ya va con dos años de retraso. Let’s England Shake era el broche de oro perfecto, pero entretanto ha sacado otro álbum.
—un repaso por la discografía de Marduk que lleva escrita a medias por lo menos desde hace otros dos años.
—un repaso al concepto/imagen del «intelectual» y sus condiciones actuales, a su uso por el poder tanto a través de la apropiación como del desprestigio; a la alienación de las élites culturales con respecto de la masa a la que pretenden cambiar. pero tal proyecto rebasaba el espacio de un blog y probablemente mis capacidades actuales para afrontarlo seriamente.
—un escrito que iba de ThousandwillDie a Discordance Axis, hacia atrás en el tiempo, con un batiburrillo histórico-influencístico.
—un repaso al black metal islandés reciente.
—una crítica de un artículo en prensa que defendía que era muy feo reírse de las lagrimillas de un político de la actualidad porque esto sería caer en una actitud muy fea y muy heteropatriarcal. en el escrito defendía que no solo reírse de las lagrimillas no es una actitud heteropatriarcal sino que, de hecho, las lagrimillas del macho en el momento preciso son una expresión machistuna de las de toda la vida. además hacía una serie de matices a incorrecciones histórico-culturales contenidas en dicho artículo.
—un repaso crítico a las teorías pseudometafísicas de Braudillard sobre la guera de Irak en el contexto de la ultratelevisada batalla de Mosul.
—un repasillo a las teorías espectáculo de Byung-Chul Han, argumentando cómo lo que pueda resultar más atractivo e interesante de sus análisis es reciclado y el resto es reaccionario, en el contenido y en cuanto a su aspiración a pura filosofía de consumo.
—un millón de libros que me gustaría haber reseñado y tengo pendientes, algunos desde hace años. La plaza de la estrella o Nada se opone a la noche quedan como proyectos inafrontables a medida que pasa el tiempo. son obras para meditar, pero que hay que tener frescas para darles el repaso que se merecen. caerá la de Cicatriz de Sara Mesa sí o sí.
—montones, millones de discos, sobre todo aquellos que salieron este mismo año, como el Voices de Wormrot, pero no pudo ser.

casi todas estas cosas están prácticamente hechas, pero les falta un rematillo final. probablemente de todas ellas vivirá este blog a lo largo del próximo año. o no.

martes, 27 de diciembre de 2016

intensiDAD



Muchos años han pasado desde aquel glorioso By the Blessing of Satan, segundo y para el que suscribe mejor disco de toda la carrera de Behexen. En muchos aspectos no es arriesgado decir que Behexen, cuyo primer trabajo es del año 2000 (Rituale Satanum, aunque su historial de maquetas, etc. la remontan mucho más atrás en el tiempo), fue una de las puntas de lanza de la nueva escuela de black metal agresivo y oscuro que se ha hecho con el protagonismo en los últimos años. Recuerdo que aquel trabajo, sin ofrecer necesariamente algo nuevo (era básicamente una muestra de lo que entonces se denominaba en los catálogos como raw black metal), se recibió como un soplo de aire fresco, en gran parte porque las bandas en las que predominaban los teclados, lo sinfónico y lo emocional habían estado llevándose todo el protagonismo de unos años a esa parte, a pesar del éxito de otras propuestas más abrasivas, como la de Marduk. Siempre hubo grupos que rehuían aquel modelo (Finlandia, de hecho, es una cantera clásica de esa clase de sonoridades, con ejemplos como Beherit, Horna, Archgoat o, tachán, Impaled Nazarene) y, claro, siempre hubo, en consecuencia, un público para ellas, pero era más minoritario que el de la onda sinfónico-melódica o se contaba más entre los amantes del death metal o incluso del grindcore que de lo que es propiamente el black metal, que llevaba años ampliando su público de forma exponencial, pero a costa de definirse en las orquestaciones, melodías, ambientes, emociones, etc. Entonces llegó el By the Blessing y fue como abrir los ojos. Eso era lo que la gente estaba buscando en ese momento: velocidad, brutalidad, devastación, satanismo caótico, producción guarra pero potente y mucha locura infernal.



La otra fórmula ya no daba más de sí, y el black metal más brutal se hacía paso a codazos. Por otra parte, había bandas como Behexen, que llevaban infestando el mundo desde 1994 mientras esperaban pacientemente su momento, dispuestas a darlos con toda la maldad que Satán demandaba. No se trataba del primer álbum de un nuevo grupo que «casualmente» le daba al público justo lo que pedía en aquel momento, es decir, de una jugada comercial, sino de la recompensa a una imperturbable devoción.



By the Blessing of Satan es uno de los discos imprescindibles de la historia del black metal y candidato de honor al mejor trabajo de la primera década del 2000. Quien no sepa o quiera ver esto no sabe ver o lleva toda la vida mal e irremediablemente borracho.



Tuvieron que pasar 4 años hasta su regreso en largo con My Soul for His Glory, álbum en el que Behexen parecieron haber asimilado las lecciones de quienes probablemente se habían inspirado en ellos y de otros que habían mantenido encendida y vigorosa la llama del black metal ortodoxo. Una producción más potente, inclusión de voces mucho más graves y también más variadas y énfasis en la majestuosidad con recurso a las guitarras y no a los teclados, pero, al mismo tiempo, también en los aspectos más negros y tenebrosos que había presentes en su música. No es que hubiese un cambio de estilo ni muchísimo menos, pero ciertos elementos de su música se vieron reforzados y digamos que el sonido actual de Behexen comienza a asentarse de un modo más firme a partir de entonces.



Después vino Nightside Emanations, un trabajo encomiable que, a grandes rasgos, no aportaba novedades. De modo que el descrito en el párrafo anterior es hoy por hoy el sonido de Behexen, de quienes, a toro pasado, se pueden decir muchas cosas, y una de ellas no es que hayan grabado un solo disco malo.



¿Y qué hay en The Poisonous Path? Pues unos himnos al mal, a la misantropía y a la oscuridad bastante guapos. Los dos primeros temas, The Poisonous Path y The Wand of Shadow, recuerdan al sonido sueco del tipo Marduk (particularmente), Throne of Ahaz o los primeros Dark Funeral. En el segundo de los temas meten unas voces limpias como de misa cantada, en esa tradición que va desde De Misteriis dom Satanas (el tema, no el álbum) a la movida de Batushka. En Cave of the Dark Dreams meten algún ritmo crust-rock’n’roll (que se acentúa en A Sword of Promethean Fire e irá reapareciendo aquí y allá a lo largo de todo el trabajo) a lo Hellhammer para empezar, y luego ya se meten de lleno en la lobreguez épica que caracteriza a sus últimos álbumes, quedando desechado cualquier rastro del mentado sonido sueco. Esto no quiere decir que el sonido de los dos primeros temas y el de los subsiguientes no encaje o que no haya coherencia de sonido. De lo que uno tiene la impresión es de que han aprovechado la contundencia de los temas iniciales para irnos metiendo en donde nos quieren tener, una vorágine de oscuridad despiadada y caníbal. Todo está siempre trabajado a la Behexen y The Poisonous Path es un disco compacto y de personalidad marcada. Se puede uno ir a lo obvio, y decir que The Poisonous Path no es By The Blessing of Satan, o bien se puede uno parar a pensar dos segundos y darse cuenta de que el 2016 ya se acaba, y pocas bandas habrán logrado publicar un trabajo como The Poisonous Path.

En realidad, basta una palabra: intensidad.





*nota i: Esta crítica se escribió casi en su integridad en agosto de este mismo año, pero hasta ahora no hubo tiempo de dar los últimos retoques. El deseo de no demorarla más es la causa de que quizá resulte precipitada en su último tramo.



** nota ii: Se quedaron muchas críticas de discos en el tintero; es posible que se usen para alguna entrada el año que viene, pero, por si acaso, queda ahí una lista de cosas que vale la pena destacar este año (no están todas las que son pero son todas las que están; o no): Layil, de Insane Vesper; el mini de Deathspell Omega (los Mayhem ya estaban mordiéndose los puños mientras esperaban a que esta gente sacase algo de una vez, porque si no iban a tener que inventarse algo nuevo); lo de Surgikill, una cerdada la mar de rítmica y pegadiza; el de Inquisition; el de Destroyer 666, que se diseminó aquí, dejando constancia de que era de lo mejor del año independientemente de lo que quedase por venir, y tanto ha sido así que hasta los de la Mondo Sonoro lo han incluido en su lista (y eso da miedo); el mini In the Darkness the Path, de Cloak; el de Urfaust; el Element of Destruction, de Black Priest of Satan, tan lo-fi como sorprendente; el mini de Ritual Death, con cuyo título no quisieron comerse el tarro (Ritual Death); Sepulchral Psalms from the Abyss of Torment, de Kingdom; The Oath of an Iron Ritual, de Desaster, que tiene una pegada que ni Rocky Marciano, o el Door into Emptiness de los bielorrusos Vada: cerdo, ambiental, ecléctico, raro y muy guapo para ir conduciendo por secundarias sin quitar el ojo de la carretera.


Edito (12/01/2016) para incluir: los DOS álbumes que Fistula se marcaron en este 2016 (Longing for Infection y The Shape of Doom to Cumm)))); el de Wormrot, Voices; Ruins de Body Void, que resulta cuasiredondesco si se escucha del tirón, como conjunto, o Lifespam of a Moth, de 16. También es destacable el de Conan, pero la sombra del Monnos sigue siendo alargada. En sonoridades más blacksabbatheras, Moon Coven lanzaron un homónimo bastante potente.

No sé dónde tenía la cabeza para no haberlos mencionado la primera vez que publiqué esta entrada.

viernes, 4 de noviembre de 2016

la autoficción y un botón de muestra ['El comensal' de Gabriela Ybarra]

Tengo que decir que observo con una cierta mirada escéptica ese género que se ha venido a llamar autoficción, pero en los últimos años ha habido un aumento tan inmenso de la publicación de obras que se encuadrarían en el mismo, que no se puede ignorar sin más, por lo menos a la hora de reflexionar sobre en dónde nos encontramos (a la hora de leer, por descontado que cada uno es libre de cerrar o abrir las puertas que le venga en gana). No se me caen los anillos, por lo demás, porque uno de los libros que más me ha impactado que se haya publicado en los últimos años, Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, pertenezca a este género; es decir, que aunque no confío mucho en sus posibilidades en general, no lo condeno ni mucho menos a la hora de valorar cada caso particular.


La autoficción, que a lo tonto ya no es un género tan nuevo, tiene sus pros y sus contras. Para empezar, se trata de una buena jugada ante el atolladero posmoderno, cuando después de 1001 grandes novelas americanas puede que el mundo ya haya tenido suficiente vanguardia, o al menos suficiente de esa vanguardia; hasta que se presente otra opción mejor, la autoficción parece una alternativa provisional muy apropiada, ya que en esto de las lides artísticas siempre es más agradecida una huida hacia delante que una hacia atrás como la que pretendían o pretenden los del Nuevo Drama o Jesús Carrasco, entre otros, y que conste que no estoy diciendo que el producto de estas propuestas sea necesariamente malo, solo que en el nivel historiográfico-evolutivo son irrelevantes, a menos que vayan a actuar como bisagra hacia otra cosa. Siempre está bien, en cualquier caso, que haya diversos frentes por los que atacar. // La autoficción permite también, si se quiere, incidir en ese terreno tan a menudo incomprendido que se ubica entre la narrativa y el ensayo y que en una novela al uso puede resultar a veces demasiado forzado o innecesario (independientemente de que lo sea) para el receptor. // Oí o leí por ahí, además, una idea que me pareció acertada, y es que la autoficción es un género que va que ni pintado a la literatura española de la [post-]modernidad, porque en general en este país siempre ha habido más querencia por lo testimonial que por lo imaginativo (yéndonos al largo plazo, no en vano ellos tienen a Sigfrido, que entre otras heroicidades mata a un dragón y adquiere la inmortalidad con truco al bañarse en su sangre, y nosotros al Cid, que les mete un puro de no te menees a los violadores de sus hijas, juicio mediante; pues eso). No es que en España no haya habido novela posmoderna, es que en España la posmodernidad ha presentado su morfología particular, con especial apego a la novela realista decimonónica (un paradigma de todo esto, por generación y estilo, podría ser Antonio Muñoz Molina). Que las formas más usuales de posmodernismo literario solo hayan llegado a obtener un cierto protagonismo en España ya bien entrado el s. XXI no es un hecho que contradiga este relato, lo confirma. Todo esto, claro, no es porque sí, ni se trata de una cuestión de genética: tiene un trasfondo histórico; pero hasta aquí con eso vale, tampoco vamos a reconstruirlo aquí. Decía, en resumen y en definitiva [y decía también que la reflexión no es mía, aunque sí las palabras con las que procedo a resumirla], que este es un estilo que viene muy bien al caldo de cultivo de la literatura española, pues está muy bien condimentado a este efecto.


¿Desventajas? Varias. // Los escritores con talento en lo formal siempre pueden coger una historia existente cualquiera y literalizarla sin más, sin que quede muy claro cuál es su aportación a la misma, aparte de la lección de estilo, como Carrère con Limónov/Limónov, por ejemplo. Tengo la impresión de que Carrère le robó algo a Limónov para enmascararlo como propio en un envoltorio de pericia literaria y estafarnos de algún modo a todos los demás, y soltarnos una serie de pinceladas, de paso, de un carácter profundamente conservador. // Por otra parte, aunque los autores juren una y otra vez que todo esto es tan literario como el Don Quijote y que de lo que hablamos es de literatura y solo de literatura, al final todo esto es mentira. Lo cierto es que no estamos hablando de otra cosa que de ellos, de su vida, de las personas que conocen y les apasionan, y eso parece obligar a la delicadeza a la hora de emprender la crítica, lo que es injusto para el crítico a todas luces. Se hace difícil dar una negativa rotunda a La hora violeta sin que aparezca algún pontífice que acuse al crítico de ser poco menos que un monstruo dispuesto a hacer leña con el dolor del autor. No importa si los autores se aprovechan de ello o no, si luchan contra ello o no, la trampa está ahí, es inherente al género y es muy dañina si lo que se quiere es que la literatura siga su curso con naturalidad (con toda la naturalidad que un artificio pueda seguir su curso). // Relacionado con esto, otro peligro de la autoficción es el del sensacionalismo, que solo acabe habiendo sitio en la literatura para quienes han vivido (preferiblemente) o conocen algo morboso que contar y están dispuestos a contarlo, y que se juzgue tanto mejor la obra cuanto más morboso sea el asunto de que se trate. Hacia eso puede ir la literatura y en un cierto sentido ya está yendo ahí (y en el fondo por eso, aunque no sé si alguna vez llegaré a tomarme la molestia de leerlo, quizá sea más honesta y valiosa en ese sentido la vacuidad de Karl Ove Knausgård). // Y por seguir con el encadenamiento de consecuencias, relacionado a su vez con esto último, está el hecho de que con la autoficción se recupera de rebote esa imagen del artista como ser que sufre y del arte como el fruto de su sufrimiento, la imagen del artista esteta y desbocado originada en el romanticismo, pero ahora liberada de metafísica. Esta es una noción que nunca ha desaparecido del todo en la sociedad, en el terreno literario en particular si hablamos de autores de poesía, y que personalmente me parece pérfida y retrógrada; es por eso mismo que, de hecho, no ha desaparecido y hasta se ha incentivado, porque cumple una función represiva: el artista como alguien anormal: el artista como alguien que sufre: el artista como alguien que paga: permanece tranquilo en tu normalidad: aléjate del arte, es nocivo para la salud: etc.


En fin, todo eso ronda a la autoficción, por no decir que se trata de un género que no parece capaz de prometer muchas más novedades fuera del «vamos a ver quién la tiene más grande» ocasionado por el sensacionalismo narrativo del que hablábamos antes. Bien es verdad que probablemente en la época de Joyce y Woolf pareciera que ya no había muchas más vueltas que darle a la literatura, cuando en realidad se trataba del principio del [post-]modernismo literario y no de su punto final. 


Y aquí es cuando me propongo escribir unas líneas sobre El comensal de Gabriela Ybarra y me enfrento a todos esos pros y todos esos contras de los que acabo de hablar, porque, mal que le pese a Gabriela Ybarra, cuando se habla de El comensal, y no hay más que leer las diversas entrevistas que se han publicado y publican aquí y allá para darse cuenta, no se está hablando de literatura, o bien el protagonismo de esta en la conversación es muy reducido. En El comensal, en ese estilo periodístico y sin adornos que se suele relacionar de modo algo acrítico con Hemingway y que, de una forma muy sutil, a veces oculta no una intrahistoria más poderosa que lo que simplemente se está contando sino simplemente la falta de talento, Gabriela Ybarra nos narra dos dolores familiares diferentes, pero que se tocan como recuerdo de dolor historial, y entretanto nos va dando detalles, en el estilo hemingwayano que decíamos, sobre su vida y estudios en Nueva York, el hospital privado donde tratan a su madre o su trabajo como analista del mercado de cosméticos, y deja caer alguna frase imbuida del prejuicio con el que se habla desde los automatismos de una posición de privilegio como: «He venido a Brighton Beach para ver cómo es esto. Después de recorrer varias de sus calles, puedo decir que es un barrio terrible. Es feo y está lleno de tullidos. Por el paseo marítimo circulan ancianos empujando tacatacas y gordos en silla de ruedas. Mientras escribo estas palabras me alegro de que mi madre nunca viniera aquí» [página 127 de la edición de 2015]. Sí, claro, es literatura, la cuestión es que la autora de la novela está transmitiéndonos pura y llanamente su vida y sus pensamientos; que sí, que es ficción, pero también es auto, así que no traten de dármela con queso. Es ficción valdría si esta frase la dijeran un personaje o un narrador, incluso aunque pareciera injustificada (porque, efectivamente, señores, por si hace falta repetirlo, las opiniones del narrador y de los personajes no tienen por qué ser las del autor), pero en este caso el narrador, el personaje y el puño que escriben son lo mismo, y no hay nada que nos haga pensar que en algún momento se haya(n) planteado el contenido de lo que está(n) diciendo. Eso es prejuicio. En El comensal también hay frases que merecen por derecho propio la acepción de literatura con todas las letras, como: «Mi madre era muchas de las cosas que se suelen decir sobre la gente muerta, pero en su caso todas eran verdad» [página 139 de la misma edición]. Pero en cualquier caso creo que, por un lado, El comensal vende (consciente o inconscientemente) franqueza, y yo no la encuentro (no esa franqueza que esperan los amigos de lo amarillo rosado, sino franqueza personal literaria, exploración voluntaria y profunda de la propia subjetividad); por otro lado, El comensal vende literatura, y la literatura de El comensal podría ser mejor. Muchas veces en este blog, cuando un libro no gusta del todo o no acaba de gustar, se suele decir con la boca pequeña: «XXX no es un mal libro» o «XXXX no es un mal escritor», aunque siempre haya fanáticos que encuentren que eso es pisotear el trabajo de alguien (cuando, de hecho, trabajo y alguien son justamente las dos presencias que empequeñecen mi boca), de El comensal se dirá aquí, sin embargo, que no es un buen libro.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

If you want to get down, get down on the ground


«-En la novela hay un resabio bolañista, aunque no lo suficientemente profundo como para que se coma la historia ¿Cree usted que su generación tiene menos afectos literarios?
- Hemos heredado algún mito que otro, pero tenemos bastante más orfandad que otras generaciones. En el fondo eso está bien».

De los tropecientos títulos que, si hacemos caso a la propia novela (lo que, en esto de la autoficción es, aunque parezca contradictorio, aún más resbaladizo de lo que ya era en la ficción a secas), Daniel Jiménez barajó para su primer libro publicado, sin duda Cocaína «a secas» es el más afortunado de todos. Sin embargo, también es un título que puede llevar al prejuicio: libro sobre un escritor cocainómano que nos cuenta sus aventuras de macho desesperado pero ejemplar: realismo sucio: realismo sucio a estas alturas de la vida. Hay realismo y hay suciedad en Cocaína, claro, pero carece de muchos de los elementos característicos de ese cajón de sastre al que venimos llamando realismo sucio y tiene otros de los que en general aquel carece o por los que no se interesa (al menos explícitamente). En Cocaína no hay descripciones recreativas del ambiente del cocainómano o de la mala vida en general, de tugurios turbios y personas sin oficio ni beneficio, fuera de la sociedad y del sistema y abocadas a la autodestrucción no reglada. Muy al contrario, en Cocaína nada es marginal y lo que nos encontramos es el entorno aparentemente cool pero en realidad insulso de la mal llamada clase media, y ni siquiera el de las fiestas (alguna hay, pero caseras y en petit comité, y luego unas cuantas sesiones de cañas/cafés, que tampoco son el escenario preferente de la novela), sino el familiar, laboral, etc.

La cocaína en el fondo no es tan importante como su condición de único elemento del título del libro nos pudiera hacer pensar. La droga de marras actúa, en realidad, como el aglutinante de toda una serie de temas, la pieza que hace que el formato diario de Cocaína no se trate tan solo de eso mismo, de un diario que narra un año en la vida de una persona. La más obvia, claro, entre otras. Todo con la intención de contarnos la debacle de un tipo cuya cloaca interior salió a la superficie el día en que su hermana se quitó la vida, y que desde entonces fue más allá del «¿Por qué?» para preguntarse también «¿Soy yo como ella?» y «Si es así, ¿cuánto tiempo más lograré sobrevivir?». A partir de aquí, toda clase de inseguridades, comportamientos inadecuados y autodestructivos (más mentalmente que físicamente, nada de peleas de bar innecesarias o cosas por el estilo, sino más bien algo que podríamos llamar «introspección autodestructiva»; de nuevo: desechemos el paradigma realismo sucio para hablar de Cocaína) y daños colaterales derivados de los daños colaterales.

Al aglutinante cocaína y al hilo implícito suicidio se viene a sumar el hilo explícito literatura. El protagonista es, además de un cocainómano, un aspirante a escritor, por lo que su diario está plagado de observaciones sobre la literatura, tanto en sentido trascendental como en concreto, con observaciones sobre el estado actual de la cuestión y alusiones a personalidades reales del mundillo (y a personalidades reales en general, lo que dota a la novela de un gran realismo y una gran capacidad para sumergir al lector en sus contenidos, virtudes que, por otro lado, perderá a medida que pase el tiempo, cuando se trate de lectores de otras generaciones y con otros referentes). En este aspecto, Cocaína funciona muy bien, porque muchas de las observaciones y reflexiones que se hacen sobre la literatura son para enmarcar y reflejan un auténtico amor por este arte, por su práctica. Pero además, cualquiera que haya amado o ame una disciplina cualquiera y se halle inmerso en la lucha por destacar en ella se identificará por fuerza con la brega del protagonista de Cocaína; en este sentido, el valor de este contenido es doble, porque no se agota en los escritores o en quienes puedan estar interesados en el proceso y en el mundillo de la escritura.

Por otro lado, el devenir del personaje y sus entradas de diario sirven para reflejar una situación de un perfil concreto en un contexto concreto, por lo que ya se ha tildado a Cocaína de novela generacional, aunque se diría que hay más incidental que voluntad por parte del autor en esta circunstancia. Pero sí hay una descripción emocional (explícita) y material (implícita) de una generación perdida por el choque de la crisis y la incredulidad e incapacidad de reacción ante la misma que el haber sido niños de la opulencia le ha generado. Inevitable entonces que haya crítica sociopolítica, en este caso a veces explícita y a veces implícita. En este aspecto Cocaína es sincera y nada populachera. Por otra parte, ese ir de lo nihilista cotidiano al desprecio de los modos de vida como forma de crítica sociopolítica consciente lo acerca a Bukowski (sí, ese señor al que sus peores lectores [casi todos] y sus críticos más perezosos [casi todos también] reducen una y otra  vez a historias de sexo y alcohol), al que, de hecho, cita. [Sí, ya sé, Bukowski es el rey del realismo sucio, pero la característica descrita es más bukowskiana que paradigmática del realismo sucio; por otra parte, nada en lo estilístico o lo formal que acerque a Daniel Jiménez a Bukowski]. Al saco de la arena, sin embargo, va un cierto tono misógino que a veces se vislumbra en el modo en que se habla de los personajes femeninos, y que da la sensación de ir, en ocasiones, más allá de la ficción de un tipo frustrado con el mundo que, siendo hombre y sintiéndose rechazado, lo paga más injustamente con las mujeres que con otros hombres, con los que hay una feroz competición pero al mismo tiempo un poso inextinguible de camaradería machuna. Cocaína va en ocasiones más allá de un retrato de este tipo para dejar entrever una serie de confusiones que no estoy seguro de que el autor maneje del todo.

Cocaína está escrita en segunda persona, una opción que, si se rastrea cuenta, como casi todo, con una cierta tradición, pero que está por explorar a fondo. En mi opinión, hacia las últimas páginas comienza a flojear un poco, más por lo que se narra que por la forma en que se narra, pero el autor cierra justo a tiempo y aún tiene tiempo de regalarnos joyas como una entrada de diario en la forma de una sola frase: «29, diciembre Escribir es la única recompensa del escritor». Sea como sea, se trata de una buena novela, tras cuya lectura solo se espera que vengan más y también que haya más como Daniel Jiménez, no en lo temático o en lo estilístico, sino simplemente en lo cualitativo.