jueves, 28 de julio de 2016

el medio es el mensaje / la forma es el fondo

Escribía en este blog, en junio del 2015, en referencia a Alberto Olmos: «[…] si es cierto que va a escribir una obra definitiva (y las tablas y la capacidad las tiene), yo la sigo esperando». En poco tiempo, mi parecer ha cambiado; es más, probablemente entonces ya no era el momento para decir algo así. Lo primero, porque Alberto Olmos ya parecía y parece creer que Alabanza es esa gran novela pendiente y habla de la misma con una suficiencia que no encuentra justificación en la realidad. Lo segundo, porque el personaje de Alberto Olmos ha devorado a Alberto Olmos escritor y a Alberto Olmos crítico. Da la impresión de que lo lapidario y lo polémico se han convertido, en su discurso, en fines en sí mismos, y no en los cauces que eran o parecían ser o debían ser. Estas dos causas hacen que se mueva en el terreno de la autocomplacencia, lo que hace difícil que llegue a poner el empeño que la gran obra esperada requeriría. Pero, además, probablemente las apreciaciones sobre A. Olmos de junio de 2015 ya formaban parte del pasado y, entonces, lo que critico ahora ya era presente. Es decir, que, a toro pasado, da la impresión de que en junio de 2015 ya era algo tarde para tener condescendencia con Alberto Olmos. En parte, la obstinación en aquel parecer era fruto de la idea, que albergo firmemente, de que contar con un aparato crítico sólido proporciona una herramienta única para la dación de forma, para dar pasos firmes hacia la aportación cualitativa en terrenos en los que casi todos estamos destinados a la aportación cuantitativa.


Tenía, en fin, bastantes ganas de leer Guardar las formas, supongo que por las mismas razones que muchos otros lectores, a saber: las declaraciones de Alberto Olmos sobre el formato cuento y su afirmación de que, precisamente porque lo considera un formato menor, se había visto obligado a perpetrar un material de  primera categoría. Lo cierto es que los relatos de Guardar las formas se mueven entre lo bueno, lo correcto y lo mediocre, escorándose la media hacia esto último, muy por detrás en ambición de lo que ya se está haciendo en la actualidad y desde hace tiempo en este ámbito.

Me pregunto si Alberto Olmos, al hojear Guardar las formas ya editado, adquiere consciencia de que un libro de cuentos no puede permitirse diez páginas inanes seguida, mientras que una novela sí; si, al escribir un relato como «Carta a una niña de cuatro años (para que la lea cuando alcance dieciocho)», a mi parecer uno de los mejores del libro, se da cuenta de que una frase mal puesta, una sola palabra fuera de sitio, lo descompondrían hasta los cimientos, otra dificultad con la que la novela vista como un todo no tiene que encararse. La novela, en fin, sobre todo si se trata de un tocho de 200 o 300 páginas en adelante, cuenta con muchos más recursos, no ya que un relato, sino que un libro de relatos, para camuflar la mediocridad [o las partes más mediocres, como se quiera]. Uno se pregunta, vaya, si Alberto Olmos se percató de todo esto durante el proceso de escritura de Guardar las formas. Pero se trata de preguntas retóricas, ya que, en vista de sus declaraciones al respecto, recogidas aquí y allá, hemos de entender que su fracaso artístico como cuentista no le ha llevado a cambiar un ápice su opinión sobre el cuento. Entiéndase «fracaso» desde la exigencia que él mismo parece que se impuso, desde el punto de vista de su propio reto. Guardar las formas no es un mal libro, pero no es ni mucho menos un libro destacable.

lunes, 11 de julio de 2016

el marfil es un negocio sucio.



apunte 1 sobre Heidegger:

los artistas que proclaman el arte por el arte y rabian con cualquier expresión de crítica político-social en su seno, y que, sin embargo, no dudan en usar todos los medios a su alcance (menos el arte) para hacer proselitismo en favor de un partido X me causan mucha desconfianza, me resultan harapientos draculillas contra los que la sociedad ha de estar en guardia, como unos Heidegger que pretenden vivir como una especie de ascetas de la estética y el pensamiento en su torre de marfil y que, en el momento menos esperado, se encuentran proclamando la grandeza del nuevo partido nazi.


[en esto, autores como Vila-Matas, en el caso de la literatura, al menos son coherentes y se desentienden dentro de la literatura y fuera de ella].



apunte 2 sobre Heidegger

como ponen de manifiesto las redes sociales, esa fuente inagotable de sondeo, parecen estar de moda las sentencias del tipo «Estos también votan» o «Gente así tiene derecho a votar», ante ciertas manifestaciones de incultura popular. este tipo de declaraciones suelen salir de bocas [auto]consideradas progresistas (el elitismo tradicional tiene su base en otros criterios). que la cultura debe ser un caballo de batalla en la construcción de una sociedad más libre es algo que no se le escapa a ningún utopista, tampoco a ningún distopista. no hay distopía en la que la ciudadanía no esté retratada como profundamente acrítica, aunque no necesariamente como inculta, y he ahí la madre de cordero. en el sentido al que nos referimos, el exceso de cultura acrítica es tan inane como la carencia de ella; que el escribir una coma o no en su sitio sea proporcional al nivel de conciencia política y a la agudeza de análisis social es algo que a pesar de ser proclamado por innumerables sofismas está a aún por demostrarse. en cualquier caso, quienes pregonan este pensamiento de corte elitista (muy característico de esa clase coyuntural conocida como «clase media») deberían preguntarse para qué le valió a Heidegger toda su vasta cultura.


usar el pensamiento crítico con autocomplacencia

                                                                                              no es pensamiento crítico.







viernes, 1 de julio de 2016

martes, 31 de mayo de 2016

Hawk Falcon Halcón Azor Helen MacDonald H de Halcón

Helen MacDonald se ha ganado muy buenas críticas con el libro del que ahora vamos a hablar: H de Halcón y esa es precisamente la razón por la que me acerqué a él con esas expectativas que tantas veces pueden conducir al escepticismo al lector demasiado ilusionado; yo, aunque no soy de ese perfil de consumidor de cultura que se acerca a los trabajos bien valorados con la predisposición de desmantelarlos, sí es cierto que si comienzo a estimar que en el texto comienzo a localizar más puntos negativos de lo que sería deseable para una obra de la que tanto se prometía, me embarga un cierto malestar, me siento estafado y comienzo a no poder evitar el concentrarme en el resto de los puntos negativos que se puedan encontrar en adelante. No se trata de ninguna injusticia, sino más bien de una regresión a la media: Es normal que los libros que hayan recibido buenas críticas generalizadas reciban malas críticas más duras  que la media, pues son críticas que se realizan precisamente dentro de ese contexto y no como mundos aislados. Pues bien, yo no sé si diría que H de Halcón fue el mejor libro de su cosecha, pero sí hay que decir que es un buen libro. Su lectura me ha dejado, al menos, una sensación de satisfacción.

H de Halcón habla de una cetrera que, por una serie de circunstancias, decide adiestrar a un azor, una rapaz por la que en el pasado no había sentido especial atracción. El libro forma parte de una larga tradición de la que la propia Helen MacDonald da cuenta, haciendo especial hincapié en el libro El azor (The Goshawk), de T. H. White, en las razones que llevaron a su autor a escribir ese libro y en el proceso y los resultados de la escritura en su propia persona (le dedica, de hecho, todo el capítulo 4, aunque está presente a lo largo de todo el libro de MacDonald). Hay en todo esto, claro, una reflexión implícita sobre la propia obra (su lugar en la historia, el estado de la cuestión que se pretende tratar y la literatura precedente, las propias razones de la escritura y el modo en que se va a afrontar…) y, así, una serie de elementos típicos de de la metaliteratura. Pero no nos pongamos grandiclocuentes, Helen MacDonald, antes que indagar en las actitudes creativo-formales de los siglos XX/XXI, pretende, más probablemente, ser honesta con toda la tradición que la precede. De forma natural, se llegan a colar auténticas notas para el lector a este respecto: «Este libro que lees es mi historia. No es una biografía de Terence Hanbury White. Pero White es parte de mi historia». Parece claro que las intenciones de MacDonald son más enciclopédicas o archivísticas que metaliterarias y sus reflexiones se orientan más a la relación del ser humano con la naturaleza (con la externa y con la propia), al hecho de la doma de lo salvaje como acto de doma personal y al mismo tiempo como recuperación del contacto perdido con lo salvaje, la cetrería, las rapaces… que al fenómeno formal de la literatura, aunque ambos caminos, claro, confluyen. Esta naturalidad hace que dichos elementos no ahoguen a la obra, como ya pasa con los penúltimos libros paridos por esa serie de escritores academizantes que introducen una serie de elementos en sus textos como quien da una pirueta en la bici en mitad del recorrido, simplemente porque sabe o puede, por alarde.

Respecto al estilo, Helen MacDonald sabe dónde están sus límites o quizá es lo suficientemente humilde como para no tratar de traspasarlos para entrar en terrenos resbaladizos y, así, la sencillez de su prosa y de sus metáforas otorga a su escritura la forma de un texto fluido y luminoso; una frase tan contundente, lírica y concisa como «No pueden tocar el mundo, solo registrarlo» para hablar del trabajo de piloto, encierra en sí misma esa sensación de comprensión universal que transmiten los haikus clásicos.

Puede, quizá, que en algunos momentos caiga en un cierto exceso en lo emotivo y lírico, pero en lo general sale bien parada de la exploración sentimental del espíritu humano que lleva a cabo, lo que no suele ser el caso en este tipo de tratamientos.

Es de notar la opción de la traducción del título H is for Hawk como H de Halcón, lo que no deja de acarrear algunos problemas. En inglés existen la palabra falcon, con una vocación más taxonómica, y que sería el equivalente a nuestro 'halcón', y la palabra hawk, que se referiría más bien y hablando groso modo a una serie de características fisonómicas que asemejarían a ciertas aves rapaces. Para los ingleses un azor es un hawk, pero para los hispanoparlantes un azor no es un halcón. De hecho esta diferencia sí se recoge en el grueso del texto traducido, como cuando la autora se mantiene en la convicción de adiestrar a un azor frente a la posibilidad de un halcón que le propone su amigo Stuart (aunque es inevitable que se incurra en alguna contradicción chocante, precisamente por la complicación terminológica, ya que en otros extractos, sin embargo, se refiere a los azores como halcones, sea implícita o explícitamente). Sea cual sea la razón por la que se optó por este título, no se debe al azar y es probable que responda a criterios de la editorial, pues el cetrero Carlos Galindo se encargó de la revisión técnica de la traducción, a cargo de Joan Eloi Roca, gracias a quien podemos disfrutar de la prosa que arriba describíamos. Se trata de una traducción (o mejor dicho, de un texto, pues no la he cotejado con el original) cuidado y trabajado; si uno se pone a buscar alguna cosa que no cuadre, seguramente la encontrará, ¿pero existe alguna obra de más de 300 páginas, sea traducción u original, en la que cada frase cuadre, en la que la prosa no tenga momentos de debilidad? Yo, que conozco pocos fenómenos perfectos, lo dudo.

De los correctores de estilo y/u ortotipografía que también hayan puesto su granito de arena, nada sabemos.

Me he manejado con la segunda edición y algunos errores que se pueden apuntar para mejorar en las futuras son:

- «[…] protegerʄ a mi azor», en la página 136;

- «Admira al azor malditamente a fondo», en la página 149;

- «Me ignorándome», en la página 305;

- «Está sentada en mi sofá enrollándose [por ‘liándose’] un cigarrillo».

Buen libro.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Destroyer 666 - Wildfire



Después de unos cuantos años (2009 fue el año de lanzamiento de su anterior completo, y no es que se hayan liado a sacar minis ni cosas parecidas en todo este tiempo) vuelven a la carga los asesinos satánicos de canguros, con una obra a la altura del nombre que se han ganado a base de oficio, y es que Destroyer 666 son una de esas bandas que no viven de un par de álbumes, sino que se han encargado de parir una obra sólida, en la que algunos discos son mejores que otros, pero en la que no ha habido ningún momento musical del que avergonzarse. Es de imaginar que el hecho de que, aparte del propio K.K. Warlust, la formación sea completamente distinta a la de aquel álbum de 2009 tenga bastante que ver en la demora, y quién sabe si no habrán estado a punto hasta de desaparecer, lo que habría sido una pena, pues Destroyer 666 están llamados a ser unos Mötorhead del Black Metal, unos abueletes cañeros con una extensa obra a sus espaldas, dispuestos a demostrar a todos los pringaos que les vengan por detrás que no hay ninguna excusa para dejar de ser honestos.

La música contenida en Wildfire es 100 % Destroyer 666, aunque quizá con una tendencia más jebiorra (atención al gorgorito con el que se abre la parte vocal del álbum), o thrashera si se prefiere, y en particular con un sonido a Venom descarado (diría que suenan a unos Venom del siglo XXI, pero en pleno siglo XXI los Venom siguen en activo, suenan como suenan, y ya podían tomar nota del señor K.K. Warlust), pero ojo, que Destroyer 666 son Destroyer 666 y vienen de donde vienen, así que no van a ponerse ahora a hacer un disco de thrash metal ochentero como tantos que se llevan haciendo desde hace ya unos añitos. Si no se mantuviese el legado del black metal noventero ya no podríamos afirmar que se trata de una obra 100 % Destroyer 666, como decíamos antes que es; por otra parte, al hablar de thrash y de Venom no se quiere decir que ahora les haya dado por ponerse a hacer discos de jebi-punk rockanrolizado. Se trata más bien de que priman ciertos ritmos, ciertas escalas, ciertas melodías… La guitarra principal de Live & Burn, por ejemplo, es completamente Venom, y casi apetece ponerse a gritar «lay down your soul to the gods rock’n’roll!» al escuchar su melodía. Wildfire, sexto corte del álbum y el que le da título, es probablemente el más thrashie, y eso no puede ser casualidad. Pero Destroyer 666 no se han olvidado de los medios tiempos de corte épico-trallero y las melodías de guitarra gélidas y cautivadoras con que siempre han deleitado a su público, y hasta consiguen meter un tercer corte instrumental (Artiglio del Diavolo) que no suena a relleno, como suelen hacerlo la mayoría, sino que atrapa al oyente con sus cadencias melódicas a toda pastilla hasta que sin darse cuenta ya está con el cuarto.

Aunque no es raro que Destroyer 666 metan estribillos hímnicos dignos de cualquier destrucción luciférica aparejada al consumo ingente de cerveza, es notable que en este Wildfire lo ponen en práctica con cada uno de los números musicales (9 en total), lo que hace muy amena su escucha (porque están hechos con bastante buen gusto). Se trata de estribillos muy a la Manowar, banda que es, diría yo, la otra gran referencia de Wildfire junto a Venom (obviando que estamos escuchando un disco de black metal, ojo). En este aspecto, el último tema es bastante significativo. Esto significa que meten bastantes voces normales, pero no las típicas que tan bien metían Emperor o Ulver y con las que tanto se ha acabado cansineando al respetable a lo largo de los 2000 (en 2007 hasta un álbum como The Apostasy tenía que contar con su momentín de voces normales en Inner Sanctum, o, mismo año, el Rom 5:12 de Marduk, aunque en este caso con la excusa de contar con un cantante invitado, en el tema Accuser / Opposer); pena que un recurso tan chulo, que quedaba tan bien usado en el momento preciso y de forma dosificada haya acabado tan trillado, a base de meterlo por meter.

Volviendo a donde estamos, es destacable el hecho de que ninguna canción de este álbum suena a relleno: cualquiera de ellas podría amputarse para una recopilación para el coche o para la práctica del running satánico.

Perfectamente a la altura de Unchain the Wolves o Phoenix Rising. Probablemente nadie ponga este álbum en el número uno de una lista de lo mejor del año, pero ya veremos si no merecerá estar entre los 10 primeros (todavía tienen que salir muchas cosas, pero yo lo pongo en la lista en cuarentena sin dudarlo, vaya). De mano y digan lo que digan, Wildfire ya le quita el puesto de álbum de black metal del año 2016 a la última cagarrutia del pesado de Abbath.

martes, 26 de abril de 2016

todas las familias felices se parecen unas a otras

«Todas las voces de todos los cantantes son igualmente repulsivas, pero cada una es repulsiva a su modo».
Moscú - Petushkí, Venedict Eroféiev.

lunes, 18 de abril de 2016

llegar a la meta


Filosofía inacabada de Marina Garcés.

Interesante repaso de la filosofía del siglo XX hasta hoy y de los problemas a los que una filosofía útil (hoy por hoy inacabada, de ahí el título) debería hacer frente.
Si uno sabe que Marina Garcés redactó una presentación para la novela Pornoburka, de Brigitte Vasallo —obra, esta, más bienintencionada que afortunada, por mucho que se empeñe en otra cosa el premiocervantisco Goytisolo, y que pone de relieve cómo hasta en el aparentemente subversivo mundo queer-performativo ya dio tiempo a que tomase posiciones un aburguesamiento academicista que no capta, a estas alturas, la importancia de las condiciones materiales, de tener pan en la boca, en definitiva, para la creación de realidad, y que nos vende una serie de arquetipos lumpen distorsionados en positivo, sin advertir ni por un minuto que todo lo que nos está escupiendo en la cara son una serie de prejuicios elitisto-cool, los del artista al que le encanta estar rodeado de putas y yonquis—, puede imaginarse por dónde van los tiros o al menos algunos de los tiros.

El libro de Marina Garcés tiene la característica de poder ser, hasta cierto punto, un manual de filosofía actual que da inicio en el momento en que esta comienza a configurase (con Hegel, aparentemente, aderezado con las especias de los filósofos de la sospecha, hasta llegar a Husserl, de quien verdaderamente arranca su relato, tras un énfasis inicial en Nietszche), pero de poder también resultar interesante al iniciado, pues la autora no se conforma que ser historiadora de la filosofía, sino que además hace las veces de filósofa (dos funciones, la de historiar la filosofía y la de hacerla, casi nunca apropiadamente diferenciadas), ofreciendo una exposición crítica y con propuestas.

Hay que tener en cuenta, no obstante, por lo dicho sobre su cierta condición de manual de filosofía actual, que se trata de una obra que da por dominados unos conocimientos básicos en filosofía y un manejo de ciertos conceptos en el modo concreto en que son propios de esta disciplina, pero si el lector, como el autor de esta crítica, es de los que piensa que no es necesario entender absolutamente cada palabra para disfrutar de una obra de filosofía (o de biología o de genética o sociología), entonces no habrá problema.

El libro se divide en dos partes. En la primera, Filosofía para un mundo común, se trata de exponer las problemáticas a que se enfrenta o debería enfrentarse esta filosofía inacabada que llega hasta hoy (y que, para seguir siendo filosofía, debe seguir siendo inacabada), y dónde está el origen y formación de dichas problemáticas. Quizá esta sea la parte en que la autora pone más de su propio pensar y cuenca con varias ideas definidas e interesantes. Se pueden destacar capítulos como «Europa es indefendible» o La estandarización del pensamiento, aunque en general se trata de una lectura productiva y amena, si bien no pocas veces cae en los enredos léxicogramaticales tan propios de cierta filosofía y que tanto daño hacen a la tarea de popularización (por ejemplo, cuando explica la polémica entre François Jullen y Jean François Billetes, es probable que el lector medio pase por el párrafo pensando que no entendió nada, y que el iniciado piense que quizá no haya más que paja en el contenido de la misma, cuando probablemente no es así). Algunos aducirán que, por contra, se gana en una cierta equivalencia literaria que valoriza los textos en otra dimensión más estética que también puede ser atractiva al lector, pero esto no es cierto y el s. XIX ya pasó y hace tiempo que la pura filigrana tampoco es un valor en literatura pura.

La segunda parte, El siglo inacabado, es la que trata propiamente de los filósofos contemporáneos en un orden cronológico: Nietzsche, Husserl, Heidegger, Wittgenstein, Sartre, Merleau-Ponty, Gadamer, María Zambrano, Hannah Arendt, Adorno, Habermas, el marxismo hasta Althusser, Antonio Negri, Foucault, Deleuze, Derrida, Judith Butler, Vattimo y Lyotard, Popper, Rorty, Ranciére y un último capítulo dedicado a Maurice Blanchot, Giorgio Agambéen y Jean-Luc Nancy, aunque sobre todo al primero de los tres.

A nadie se le escapa que esta selección de autores, frente a otra posible, está llena de significado (o que en este relato, el destino del marxismo es ser Althusser, para desde ahí diluirse en el curso del pensamiento). Cada una de estas lecturas es interesante y algunos de los capítulos tienen un gran mérito, como la explicación concisa, clara y completa de Foucault en unas tres o cuatro páginas; si alguien necesitase un «Foucault para alumnos del instituto», este podría ser uno, lo que no es poco mérito. Sin embargo, en otros capítulos, como los dedicados a Negri, Deleuze o Derrida, la autora cae en los excesos literalizantes que empañan la obra de estos filósofos, dejando, a mi parecer, entrever en la explicación lo que ellos mismos legan en su exposición: que independientemente de la importancia de sus aportaciones al pensamiento occidental, con las que se da por ganado su lugar en el panteón de la filosofía (más claramente, a mi parecer, en el caso de Derrida), nunca dieron para tantas páginas como se pretendió o como ellos mismos pretendieron escribir, más allá, de hecho, de esas aportaciones concretas. También es interesante la exposición sobre Butler, que sin rechazar la lectura foucaultiana de la filósofa estadounidense, enfatiza los elementos derridianos (o derriéicos) de su filosofar, lo que no deja de ser inusual, al menos en la bibliografía que el menda se manejó hasta hoy y que incluye, claro, la lectura y reflexión directa sobre la obra que ha producido la propia JB hasta ahora. Más cosas destacables: hay un capítulo dedicado a María Zambrano pero no uno a Ortega y Gasset. Esto merece un aplauso muy gordo porque, independientemente de las deudas de Zambrano con Gasset, que no dejan de reconocerse en este capítulo, no se reivindica lo suficiente la autonomía de su pensamiento, así como el hecho de que el mundo en el que vivimos (no digo el de ayer ni el de mañana) el legado de Zambrano es probablemente más relevante que el de él y sus circunstancias, aunque sea en el apartado estético.

En fin, como se desprenderá de lo expuesto, el libro es una defensa, consciente o inconsciente, de la posmodernidad. No deja de ser curioso que los enemigos declarados del historicismo y el metarrelato sigan empeñados en ofrecer nuevos metarrelatos, pareciendo incapaces de desprenderse, en fin, de la veta historicista. En el caso de Filosofía inacabada un metarrelato, además, que para funcionar requiere que se acepten una serie de apriorismos terminológico-conceptuales y la exclusión de otros discursos relevantes que lo chafarían o que incomodarían su acomodo. En este aspecto se puede mencionar a (independientemente de la valía intelectual que yo pueda atribuir a cada uno de los mencionados): Fredric Jameson, Noam Chomsky, Slavoj Zizej, Pierre Bourdieu, Guy Debord, Perry Anderson, Terry Eagleton, Mike Davis, David Harvey, Alaine Touraine, Zygmunt Bauman y tantos más. Por supuesto, una presentación de la filosofía que un autor dado considera más relevante no lleva implícita la obligación de tener en cuenta a cada autor que haya generado pensamiento en los últimos tropecientos años, pero cualquier intento de pormenorización que se niegue a conversar con los escollos que puedan encontrase para su fijación ha de asumir su flaqueza.

Hay otro detalle que es importante reseñar: en el relato histórico que esta autora propone, la lucha contra la metafísica ocupa un lugar importante en la misión de la filosofía, condición necesaria para que se libere a sí misma para empezar. Pero, como deja entrever con más claridad que en ningún otro momento (porque la autora no es clara a este respecto y hay que estar avezado en la lectura para advertir los detalles) en el capítulo dedicado a Popper, para Marina Garcés la metafísica no es ni más ni menos que la noción de una realidad objetiva («presupuesto metafísico de la regularidad de la naturaleza», dice literalmente). Se habrá quedado a gusto con semejante inversión del sustantivo. Si se estuviera hablando de nociones como la justicia, la ontología del ser, etc., afirmar algo así tendría sentido, desde luego, pero si hablamos de los matices de Popper a la epistemología existente, entonces hablamos de ciencia y, por lo tanto, afirmamos implícitamente que la creencia en la existencia de un mundo objetivo es metafísica; o sea, el descojone. Y si lo entendí mal, entonces que me perdone la autora, pero la pirueta filosófico-argumental la verdad es que tiene su mérito, porque cae así, como quien no quiere la cosa. Si se sigue este razonamiento, mal que pueda pesar precisamente a la autora, el solipsismo sería la postura más antimetafísica posible y Paul Churchland sería un metafísico irredento; por poner de relieve dos conclusiones derivadas de dicha noción de la metafísica, como dos ejemplos de tantas conclusiones cuasiantinómicas que habrían podido ponerse de relieve aquí.

Como señalaba, esta postura a la que tanta importancia otorgo está, sin embargo, muy poco explicitada en el libro, aunque flota por todo él como una perspectiva aérea, hasta que en un momento dado, uno se dice de repente: «¡Pero…!», casi acabando. Porque lo de la defensa de la posmodernidad y tal, el rechazo consciente de unos relatos frente a otros a conveniencia… todo eso se ve desde la tercera página. En fin, pretende que lucha contra la metafísica quien se regodea, para teminar ese mismo capítulo sobre Popper, imaginando un regreso de los postulados de Feyerabend a las universidades, obviando que sin un vanguardista «retorno al orden» en el que se aproveche lo que pueda haber de útil en el legado de Feyerabend, todo lo que lega Feyerabend es el caos (y, si hablamos de filosofía de la ciencia, con el caos ya no hay nada más que caos, a no ser que nos dejemos llevar por una interpretación artístico-metafísica y pseudoreligiosa al estilo del hitlerianismo kálkico). Precisamente es eso lo mismo que ocurre con los párrafos más literalizantes de Deleuze o Derrida, que se están moviendo en el terreno en que el caos sustituye a los ejercicios de racionalidad, pero, para no confesarlo a las claras y que aún parezca que queda algo concreto que decir después de semejante arrojarse al vacío (y poder decirlo ellos), lo disfrazan con complicaciones conceptualizantes (que no conceptualizadoras); ese caos cuyo potencial creativo una cierta escuela de la posmodernidad se empeña en proponer como potencialmente revolucionario (en el sentido progresista del término), como si alguna cualidad esencial impidiera que ese potencial fuera reaccionario en lugar de revolucionario, como si no pudiese albergar en su seno un nuevo oscurantismo o todo lo contrario o nada. ¿Qué es la esencialización en positivo del caos más que una forma sofisticada y pseudoartística de metafísica?

Una serie de erratas a corregir en próximas ediciones, si las hubiera:

«La propuesta de curar con conceptos les heridas», en el cap. sobre Adorno (la cursiva es mía).

«Merleau-Ponty se ocupa de ello de un breve ensayo», en el cap. sobre Merleau-Ponty (ídem).

«Hoy, en una sociedad que ya no normaliza sino que genera explota y genera residuos humanos a gran escala, la voz de los sin palabra queda ahoga en la privacidad de la vida cotidiana», (ídem).

Como digo, con intención de aportar futuras mejoras; por lo demás, se trata de un libro cuidado en el aspecto ortotipográfico y errores así, aunque siempre es preferible no encontrárselos, no son ni infrecuentes ni imperdonables en cualquier edición bien acicalada.

martes, 15 de marzo de 2016

Lila Azam Zanganeh y la literatura



Acabo de leer no hace mucho El encantador - Nabokov y la felicidad de Lila Azam Zanganeh; autora, creo yo, poco conocida, a pesar de que cuenta con un cierto estatus, con apariciones, por ejemplo, en la revista Granta.



Cuando supe de la existencia de esta obra, despertó en mí una gran curiosidad. Por cuestiones de la vida, pasó bastante tiempo hasta que pude satisfacerla, por lo que bien merece una reseña.



En fin, lo primero y más importante (y también general) que se puede decir sobre este libro, es que sus virtudes son sus defectos; lo mismo que lo convierte en un libro remarcable, es lo que hace que jamás pueda llegar a ser un libro importante, una gran obra.



¿Y en qué categoría incluiríamos a esta curiosa obra? Se puede pensar en el ensayo, pero aquí y allá se habla de novela. Lo cierto es que los juegos formales y las intenciones estilísticas, que en la mayor parte de la obra se superponen a las de narración histórica o de teoría de la literatura en el sentido más cientifista del término. Por lo tanto, si hay que elegir, novela, sin duda, igual que se consideran novelas La hora violeta, Limónov o Sarinagara. En torno a todas ellas se plantea el debate de qué es novela y qué no es y cuando la novela deja de ser novela para pasar a ser otra cosa; pero finalmente son todas ellas catalogadas como novelas y en este ámbito se lleva a cabo su crítica y análisis.

Pues eso es el libro de Lila Azam Zanganeh, en el que se parte de la tesis de que la estética de Nabokov tiene como epicentro a la felicidad misma, la joie de vivre que diría un parisino. Y en el desarrollo de semejante presupuesto, la autora nos presenta 15 capítulos que se pueden leer en cualquier orden y que retratarían un territorio específico y distinto de la felicidad (y para ser más exactos, de la felicidad nabokoviana), cuya localización exacta viene recogida en un mapa en las primeras páginas. Además, cada capítulo viene acompañado de una explicación entre paréntesis, como los capítulos de Don Quijote u otras obras antiguas, tipo: «Capítulo 10: Abril en Arizona (En que el autor descubre unos Estados Unidos de ensueño y al lector le conceden una entrevista exclusiva)». Y por si hace falta obviarlo, recojo a continuación uno de los ejemplos que me hacen remitirme al Quijote: «Capítulo Tercero. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo D. Quijote en armarse caballero».

Por lo demás, la autora juega con las tipografías, la composición de las páginas; incluye dibujos, montajes fotográficos, fotografías a secas, una entrevista falsa al autor… También, el libro incluye en su recorrido una reflexión o un relato de su propio proceso de gestación.

Y por esto mismo digo que sus virtudes se encuentran en el mismo punto en que están sus defectos. Los juegos de forma están muy bien, pero sin duda un libro así es demasiado propicio para los mismos, demasiado fáciles, casi no necesitan ni justificación, con lo que lo que podría pretender pasar por un gran ingenio literario se queda en un mero juego, literalmente un juego, y no digo que haya nada de malo en un juego, ni siquiera en uno literal (y literario), solo mido las cosas por lo que son, sobre todo ante la tentación de medirlas por mucho más

Otra cuestión importante es la de las obras que hablan de literatura o de otros escritores. Si todo lo que hay en un libro es estilo y reflexiones literarias, tengo la impresión (y aquí estoy generalizando a raíz de esta lectura, no diciendo que las condiciones que siguen se den necesariamente en ellas) de que a) el escritor le ofrece su desprecio al mundo (mucho más que un David Foster Wallace, por mucho que les pese a los nuevos intelectualizadores de la simplicidad, a pesar de conseguir un producto mucho más legible —porque, ojo, El encantador se lee muy bien y es muy ameno—); b) tiene estilo y sabe de literatura pero no consigue ninguna buena coartada para poner todo eso a trabajar, así que recurre a un tema que conoce muy bien, en este caso, otro escritor: Nabokov; c) que el autor no solo no tiene material para hacer literatura-literatura en lugar de literatura-ensayo sino que además no tiene material para hacer ensayo-ensayo.



En definitiva, que hay algo de boutade involuntaria en todo esto.

Sé que lo expuesto es cagarme indirectamente en dos autores de tanto renombre como Emmanuel Carrère (con su Limónov) o Vila-Matas. La verdad es que tengo que confesar que en Carrère no me importa cagarme un poco, sin que eso sea óbice para admitir que el hombre tenga talento. Lo de Vila-Matas lo debo sopesar, porque me parece un paisano muy grande (en el sentido figurado, se entiende); quizá Vila-Matas sea una de esas figuras cuyo valor reside más en su papel de pensador y guardián de la literatura que en el de creador, y a lo mejor por eso la crítica realizada no le salpicaría tanto (y de paso me libro de un plumazo de incurrir en contradicciones).



No digo, por supuesto, que tenga un veto sobre la literatura que habla de literatura o de literatos en cualquier caso, sino una postura frente a elegir la literatura sobre literatura como opción estética o material general de trabajo.



Se me ocurre ahora que esta clase de literatura me transmite también unas ciertas pereza y autocomplacencia.



Lo que para mí sí es un defecto grave de este libro en concreto es que contiene demasiadas citas del propio Nabokov. A veces, uno tiene la impresión de que los contenidos más interesantes de un capítulo dado son aquellas, algo que sí puede considerarse grave para un autor que pretende hacer un trabajo de envergadura en el campo literario.



Por supuesto, se trata de una lectura obligatoria para cualquier devoto de Nabokov (mis reflexiones sobre el autor las dejo para otro día, porque bastantes rituales vudú me habré ganado ya con esta crítica) y también para quien disfrute en mayor o menor medida de los juegos formales. Por lo demás, Lila Azam Zanganeh merece tantas oportunidades como los autores antes mencionados y si no se enfrasca en esta suerte de metaliteratura ensayística, creo yo que puede ir muy lejos (y, obviamente, no estoy utilizando el término ir «lejos» según los criterios economicistas habituales).








PD: Se escapa por ahí un «poetisa», así que tirón de orejas para la traductora o los correspondientes correctores o editores.

miércoles, 2 de marzo de 2016

white blue white thrash


ayer oí a alguien decir que Kind of Blue de Davis era un disco de difícil escucha. no se trataba de una queja, sino de la declaración de un seguidor de la música de Davis y el jazz en general. es cierto que se trata de un disco cuya complejidad técnica ha sido ya en numerosas ocasiones puesta de manifiesto por la gente que entiende, tratándose ya de una cuestión canónica, pero eso me trajo a la cabeza esa confusión que hay entre complejidad técnica y la dificultad de acceso a una obra dada, sea musical o de otra naturaleza. la cuestión es importante, porque a veces se desanima al profano a acercarse a cosas que en realidad no le resultarían necesariamente complicadas. lo cierto es que no hay una correlación entre complejidad técnica y dificultad de escucha, y si a alguien le cuesta Kind of Blue entonces es que le cuesta el jazz, pues no se me ocurre nada mejor para empezar con el jazz que el Kind of Blue (hablo de un abordamiento ahistórico, puramente melómano). si no te entra eso, difícilmente vas a encontrar otra puerta de acceso; otra cosa sería hablar de la dificultad del jazz en general, pero eso es otra cosa y el Kind of Blue tampoco está a la cabeza en esa liga de más reducida dimensión. pero hasta aquí se trata en gran parte de mi opinión personal frente a otra opinión personal, lo que a mí me interesa es recalcar esa inexistencia de una relación entre complejidad técnica y complejidad de acceso y tratar de esclarecer algunas cuestiones objetivas al respecto, pues esa idea tan arraigada es en gran parte culpable de que el común de las personas no se acerque a grandes obras que fueron hechas para ellas (pues fueron hechas para el mundo), cuando no se utiliza como argumento para directamente desanimarlas a ello y continuar conservando ese secreto hermético en manos de unos pocos elegidos. un ejemplo de trabajo musical de reducida complejidad técnica (podemos hablar de pobreza, y para muchos de insulto, incluso) sería cualquier trabajo de Whitehouse, y sin embargo no creo que haya cosas más difíciles de oír que un disco de Whitehouse para quien se acerca por primera vez a una sonoridad X; es decir, que la sonoridad de escasa complejidad técnica (que no conceptual) de Whitehouse o de la música industrial en general resultaría horrible para un profano. no creo que haya nadie incapaz de escuchar All Blues hasta el final, pero hay mucha gente que a los 10 segundos de Edward Paisnel pediría horrorizada e incluso temiendo por su salud auditiva que alguien parase eso. es decir, insisto: no hay correlación entre complejidad técnica y dificultad de [en el caso de la música] escucha. otra cosa es el trabajo crítico que se pueda desarrollar a partir de una obra dada en virtud de su complejidad técnica, y que la misma dé lugar a manuales y manuales y manuales analítico-críticos, pero al que solo pretende disfrutar, esos manuales se la pueden perfectamente traer al pairo; no tienen nada que ver con la dificultad o facilidad de escucha.
si le doy vueltas a esto no es por algo tan pueril como que haya escuchado una opinión con la que no estoy de acuerdo y sienta la necesidad de demostrar o argumentar mi punto de vista en contra a posteriori, sino porque esa idea de lo técnico como inaccesible me parece nociva, alienante, y es esa idea la que hay que difuminar y no la de distinción entre Alta Cultura y Baja Cultura a la que se hacía mención en una de las actualizaciones anteriores [ojo, sin querer decir que no sean unos conceptos o una dicotomía que hay que mantener sujetos a revisión, constantemente a poder ser], para que el público general sepa que Kind of Blue también es suyo y que no tiene que conformarse con Gran Hermano o 50 sombras de Grey. Hay un mundo más allá que no debe darnos miedo, por muchas elucubraciones técnicas y hasta incomprensibles que se lleven a cabo respecto al mismo.
de alguna forma, consigo relacionar estas ideas sobre el Kind of Blue, el jazz o la complejidad con esa actitud que tantas veces nos encontramos del tipo: «Yo no entiendo de poesía», «Yo no entiendo de cine», «Yo no entiendo de música», que suelen acompañar de seguido tantas veces a un «Me ha gustado, pero…». es increíble cómo una sociedad tan exigente, en la que se nos pide continuamente que seamos los mejores en todo, se nos inocula sin embargo la idea de que no tenemos ni puta idea de nada con tanta facilidad. es curioso también que esto solo ocurre cuando hablamos de acercamientos al mundo de la cultura. ¿alguien ha oído a alguien decir «Yo es que no entiendo de política», «Yo es que no entiendo de geoestrategia», «Yo es que no entiendo de historia». eso no lo vamos a oír, porque el poder sabe bien dónde quiere que se encuentren nuestros intereses [y no es que quiera que nos interese la política, pero no me explayaré con esto] y en qué quiere que se vaya el poco tiempo libre que nos queda después de chuparnos la sangre en jornadas de un mínimo de 8 horas.
por supuesto que siempre hay niveles de conocimiento, pero si ves cine como un cabrón y tienes una opinión sobre el cine y sobre lo que te gusta y no te gusta y por qué, entonces entiendes de cine al menos tanto como cualquiera que no esté capacitado para dirigir una película. por supuesto, alguien capaz de dirigir una película, por cuestiones objetivas de naturaleza técnica, tiene que saber más sobre cine que alguien que no cuenta con esos conocimientos técnicos; pero ni siquiera eso le inviste de una mayor capacidad crítica o de un mejor gusto, aunque desde luego añade una dimensión a sus observaciones sobre una obra dada. lo mismo se puede decir, con sus particularidades, de la poesía, la música, etc.
se vio también estos días con los comentarios acá y acullá sobre los candidatos a los Oscar, los galardonados, etc. el mundo pareció dividirse entre quienes «entendían» y quienes «no entendían». la opinión técnico-crítica y la del simple consumidor. insisto, por supuesto que hay niveles de entendimiento y comprensión de una cosa dada, que se concretan básicamente en las herramientas con que se cuenta para su abordamiento [y que no tienen tanto que ver con el hecho de conocer un montón de nombres y datos, como también se asume popularmente, aunque saber nombres y datos pueda ser un indicio de que el tema se controla—pero que muchas veces es solo un indicio de que un montón de nombres y datos se controlan—], ¿pero responden generalmente esas asunciones de «quién es el que entiende» y «quién no» a una serie de razones objetivas reales*?
uno de los grandes problemas de la cultura no es su inaccesibilidad, sino la apariencia de la misma celosamente custodiada por sus guardianes, que el ciudadano de a pie asume, pues le llevan inculcando que así es el orden de las cosas desde, por lo menos, que tiene uso de razón. por eso había que «entender» a Lorca en el instituto y no volar con él. por eso la gente cree que no «entiende» de poesía y la rehúye, cuando no hay nada que sea más de la gente que la poesía. o que la música, ya puestos.

en este pequeño texto he esbozado algunas ideas que podrían irse ellas solas por los cerros de Úbeda, pero la desazón de orden «interno» [en un primer momento escribí aquí «intelectual», pero he preferido no dar lugar a malentendidos] que me llevó a hacer estas elucubraciones llega hasta aquí.

que no nos engañen.
que no nos hagan conformarnos.
que no nos hagan pensar que somos tontos.




*Hablar de razones «objetivas reales» puede parecer una redundancia, pero escojo el término frente a lo que podrían ser razones «objetivas» a secas. por ejemplo, el hecho de que alguien tenga un blog sobre crítica literaria o incluso de que escriba algún artículo sobre literatura en algún periódico local, podría ser visto como una razón objetiva de que esa persona es una autoridad en el tema y hasta se puede tomar por tal. añado, pues, el adjetivo de real, para referirme a una razón objetiva de esa naturaleza que además tenga un reflejo en la realidad, es decir, que se muestre y manifieste más que como argumento autorreferencial.

miércoles, 24 de febrero de 2016

apocalípticos y enterados



segunda tanda de apuntes sobre Eco y los debates resucitados (o recordados o traídos de nuevo a la luz o lo que se prefiera) con motivo de su muerte o, mejor dicho, de las reacciones a la misma; en este caso sobre la cuestión de los «apocalípticos» y los «integrados». lo primero que se puede decir (o que yo puedo decir o que yo quiero decir o lo que se prefiera) es que probablemente sea un debate pertinente, ¿pero no es hoy por hoy un debate engañoso? el discurso apocalíptico es o puede ser conservador («todo era mejor antes», «todo se va a la mierda irremediablemente porque la raza degenera irremediablemente», etc.), pero el discurso integrado/integrador corre el peligro de abrazar demasiado alegremente los pilares de la modernidad (o posmodernidad o mundo líquido o posfordismo o lo que se prefiera) y caer en el acriticismo [iba a escribir «en el más pueril acriticismo», pero no hay nada más pueril que el acriticismo y, por lo tanto, habría sido redundante]. en fin, ¿por qué no se puede ser un «apocalíptico integrador»?¿no se puede sostener que vamos de culo, pero que no forma parte de ningún destino histórico esencial, sino que es un hecho que se puede constatar y explicar perfectamente desde las ciencias sociales y en particular en el contexto de la crisis del capitalismo, y al mismo tiempo reconocer el valor de la novedad y sacar de la misma el provecho que pueda ser posible? de nuevo, Jameson puede dar algunas pistas sobre esto [y, también de nuevo, no pretendo poner en su boca o en su pluma o en la pantalla de su ordenador o lo que se prefiera, palabras que están en las mías]. Es curioso que la muerte de Eco me pille releyendo e indagando en su obra [la de Jameson]. Jung se correría de gusto [pero no nos importa].

martes, 23 de febrero de 2016

ecos del apocalipsis


Al grano. Con motivo los obituarios que estos días se han dedicado a Umberto Eco aquí y allá, parece haberse resucitado de modo algo forzado la vieja polémica sobre el conflicto entre Alta Cultura y Baja Cultura, y, como no, aquellos que quisieron rendir tributo al profesor «como Dios manda» aprovecharon para abrazar con decisión acrítica la postura que este último mantenía acerca del tema. Sin embargo, una cosa es decir que rechazar la Baja Cultura es cerrar los ojos a una realidad que puede ofrecer sus propias beldades estéticas y otra cosa es negar directamente que la diferencia entre una y otra cosa incluso exista, que es lo que aparentemente defiende una serie de obituaristas en distintos periódicos de todas las tendencias (no me atreveré a decir que Umberto Eco defendía exactamente eso, de forma que tampoco afirmaré que lo que viene a continuación es necesariamente una crítica a las teorías o posturas de Umberto Eco, sino más bien de su prole intelectual —que seguramente se ha multiplicado de un modo espectacular desde su muerte y que, mañana, cuando muera alguno de sus «enemigos intelectuales», los abrazará también a ellos y a sus teorías y no tendrá ningún problema en escupir sobre la tumba que ahora cubre con flores, repitiendo paso por paso un debate intelectual que forma parte del pasado, en detrimento de temas de más calado y actualidad—, aquella que defiende que es lo mismo el Ulises de Joyce que un muñecajo de plástico (pero que ante este mismo ejemplo fruncirían escépticos el ceño, claro, no era eso lo que querían decir), haciendo muestra de una postura involuntaria (creamos en su buena fe) pero apocalípticamente reaccionaria.

En fin, cabe hacerse una pregunta: independientemente del legado material (series de TV, música de radiofórmula, novelones románticos —ah, no, eso no, ¡no era eso lo que querían decir!— que mañana se recoja en los libros y se enseñe en las academias (lo que por otra parte no es síntoma de la calidad de ese legado, sino nada más que de su representatividad de una cultura dada, en este caso la nuestra), ¿puede no ser Baja Cultura o ser Alta Cultura aquello que obedece más estrictamente que otras cosas —pues, no nos engañemos, todo en algún grado lo hace, en cuanto a que todo es mercado, la diferencia estriba en aquellas cosas que son de plástico desde su misma concepción o que acabaron envueltas en tal maraña de chicle que su supuesta honestidad inicial es imperceptible— a las normas del capital, es decir, a la pela?

¿Puede, por ejemplo, una serie como Lost, que se alargó hasta el infinito, cuando sus guionistas tenían pensado que durase solo algunas temporadas, debido a que los productores quisieron la gallina de los huevos de oro lo máximo posible, independientemente de los resultados (no de los resultados financieros, claro) considerarse arte?

Ahí lo dejo; aclarando, eso sí, que no pretendo quitarle a nadie el derecho a disfrutar de Lost y que no es de eso de lo que aquí se trata. También me parece importante remarcar que a quien escribe esto, Arco le parece lo mismo que cualquier serie de TV en un formato mucho más pedante, elitista e insoportable; es decir, que donde pongo la línea no es en si el formato es televisivo o es el temple sobre madera.

Bien; no hay duda de que detrás del origen de los conceptos de Alta y Baja Cultura se esconde un cierto prejuicio de clase con el que hay que tener cuidado y lidiar (he ahí el meollo: lidiar), pero tal hecho no invalida estos conceptos per se (de la misma forma que un posible desprecio de clase hacia quienes manejan esta sociedad tan bonita que tenemos no debe hacernos perder de vista el hecho de que, nos guste o no, ellos tienen casas, ropas y dietas alimenticias más bonitas y de mejor calidad —y conciencia de clase para aburrir, pero eso ya es otra historia y además la lucha de clases está superada [ejem]—); pero además hay que tener en cuenta que los condicionantes de lo que es una cosa y otra (Baja Cultura y Alta Cultura, por si alguien se ha perdido) han cambiado. Hoy nadie (y me refiero a nadie del contexto de las «democracias occidentales», hablando grosso modo, de nuestra cultura, en fin, que es a lo que nos estamos refiriendo todos, ellos y yo), consideraría las fanfarrias de los gitanos de Centroeuropa o los cánticos de los bantús Baja Cultura (sobre lo que piensen las élites de sus respectivas naciones no me puedo pronunciar y tampoco cambiaría mis argumentos), mientras que Gran Hermano sí (vaya, juraría que quienes niegan que exista la diferencia vuelven a fruncir el ceño).

Por otro lado, tenemos el pastiche el intento de acercamiento entre Baja y Alta Cultura que realmente caracteriza a nuestros productos culturales y cuya calidad estética es dudosa (no en el sentido de estético como bello, sino en el uso filosófico amplio del término). Las notas de Fredric Jameson sobre este asunto son esclarecedoras.

La cuestión no es si hay diferencia entre Baja Cultura y Alta Cultura, pues la pretensión de que no la hay no resiste un asalto dialéctico, sino el valor que se le pueda atribuir a cada una.

Quienes, con [¿o sin?] Eco, mantienen que no hay una frontera real entre Alta y Baja Cultura, que no existe la diferencia, que se trata de constructos que no pueden adquirir un valor de realidad, deberían plantearse que lo que están diciendo no es que no haya diferencias entre la buena ciencia-ficción (la mala, sin medias tintas, sin sofismos, la pulp, esa que lo mejor que puede ser es una parodia involuntaria de sí misma, es mala y punto, otra cosa es que pueda ser divertida o entretenida) y James Joyce o entre Don Quijote de la Mancha y una buena serie de TV que se pueda hacer hoy en día; sino que no hay diferencia entre el Loca de Malena Gracia y el piano de Rachmaninov, o que si la hay es tan solo de carácter cualitativo, dejando pasar el hecho importantísimo de que la diferencia entre una cosa y otra no se explica solo a partir de la existencia de buenos y malos compositores, sino que además son hijas de condicionantes superestructurales y estructurales diferentes, es decir, que no se trata de una cuestión de calidad, sino de estructura, y por eso pertenecen por naturaleza conformativa a segmentos distintos de la producción cultural. Si tan solo se tratara de una cuestión de calidad, ¿por qué iba a tener éxito aquello que es de una mala calidad manifiesta? Por favor, que no me salga un V.L. defendiéndome a Malena Gracia que entonces me parto la caja.

La justificación intelectual de lo intrascendente, de las Alaskas del mundo jugando a producirle un disco a Tamara y todos los medios volcados en la obra, de eso des de lo que estamos hablando, ahí es donde radica el carácter reaccionario de esta postura que, en un principio, hay que admitirlo, parece todo lo contrario, es decir, democrática y desprejuiciada (como todo lo que aliena con éxito en el sistema del que formamos parte activa, por otro lado).

Pero la cuestión no es rechazar a Rachamaninov (por poner un ejemplo) porque sea de los de arriba, sino encontrar el medio de arrebatárselo. Con Malena Gracia que se queden ellos.

Llámese Alta Cultura y Baja Cultura o Nidito del Jilguero y Politeísmo Afortunado, si se quiere; el hecho sigue siendo, y lo que es no se puede negar, solo puede valorarse y, en tal caso, superarse.